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Relato lésbico: Tacones de vértigo
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Relato lésbico: Tacones de vértigo

¿Qué tipo de mujer iría todo el día en un sensual batín y unos tacones de vértigo por su propia casa? Tania está a punto de conocer a su nueva vecina, con la calefacción a tope y un provocativo nudo que está a punto de soltarse.

Tacones de vértigo

Se despertó de la siesta sobresaltada y, por qué no decirlo, malhumorada. Aquel tintineo incesante que se escuchaba en el piso de arriba la estaba poniendo muy nerviosa. Cada tarde sucedía lo mismo y le era imposible conciliar el sueño. ¿Por qué alguien estaría constantemente caminando en tacones por casa?

Se preparó una infusión para tranquilizarse y tratar de encontrar una razón por la que no subir al piso de arriba a montar un espectáculo a aquella vecina irrespetuosa. Estaba segura de que sería una señora arrogante, arrugada y maleducada. Definitivamente, sí, se calmaría, pero subiría a exigirle que hiciera menos ruido.

Se recogió el pelo en una coleta despeinada y rápida y, cuando se quiso dar cuenta, estaba llamando al timbre. Al otro lado de la puerta, una voz dulce y susurrante, que contrastaba con el ímpetu de sus tacones, respondió.

Nunca se hubiera esperado aquella apariencia para la vecina que día tras día la desvelaba. Asomó una chica joven y atractiva, con una bata de satén color frambuesa anudada y muy corta que daba paso a unas largas y delgadas piernas que, por supuesto, finalizaban en unos tacones de vértigo.

El erotismo que desprendía le hizo olvidarse en esos primeros segundos de la razón por la que estaba ahí. La sensual mujer le preguntó muy sonriente por el motivo de su visita y Tania verdaderamente no sabía qué contestarle. Al enterarse del porqué, la vecina de arriba se sintió avergonzada y le pidió mil disculpas, tanto que Tania hasta se arrepintió de decírselo.

Entonces, le ofreció un café para que la disculpase, invitación a la que Tania no pudo negarse. Por lo que pudo ver, el piso era de súper lujo, con decoración recargada y hasta excéntrica. La calefacción parecía estar muy alta, lo que podría explicar que la chica fuera tan ligera de ropa.

Cuando preparó los cafés, se sentó junto a ella en el sillón. El nudo que controlaba que la bata estuviera bien cerrada estaba casi a punto de soltarse, pero la chica ni se inmutaba. Casi podía ver su sujetador negro asomar, el cual cubría unos pechos grandes y demasiado perfectos. Además, cada vez que se acomodaba en el sofá, la sensual bata se le subía más hasta que sus muslos quedaron totalmente al aire. En uno de ellos tenía un tatuaje con forma de liguero que le hizo humedecerse.

Que el nudo finalmente se soltara coincidió con un acercamiento de la vecina hacia ella más que obvio. Tania no estaba en condiciones de resistirse a los encantos de aquella mujer que estaba entregándose a ella de forma descarada. Llevaba un tanga muy pequeño a juego con el sujetador, que le realzaba unas nalgas de infarto. Tenía un cuerpo escultural y solo pensaba en comérsela entera.

Aquel pibón le arrastró de la mano hasta su habitación y la arrojó sobre la cama. Cuando se tumbó, descubrió un espejo gigante en el techo. Se echó sobre Tania y empezó a chuparle sensualmente el cuello, mientras le desabrochaba el botón de los pantalones. Tania le arrancó el sujetador y agarró sus tetas y buscó ansiosa sus pezones. Los succionó hasta que se hicieron grandes en su boca.

Esta se quitó el tanga, quedándose así completamente desnuda, aunque mantuvo sus tacones. Restregó su cuerpo contra el de Tania y sus dedos se hundieron en la vagina de esta. En cuanto los sintió, pensó que no aguantaría mucho. La masturbaba deliciosamente y esta solo hacía que abrir más sus piernas para que se hiciera dueña de su clítoris por entero.

Tania estaba chorreando y súper caliente cuando aquella mujer salvaje descendió hasta su sexo para chuparlo con gran ansia. Sentía su lengua moverse ahí debajo de forma delicada, pero a la vez intensa. Miró hacia arriba, al espejo, y se quedó ensimismada con esa imagen de ella deleitándose en su coño con sus taconazos puestos.

Tania explotó en su boca y no pudo evitar gritar mientras saboreaba ese placentero clímax. La mujer se acercó a sus labios y le dio un tierno y cálido beso, que era, por cierto, el primero.

Después de un rato, ambas se vistieron. Cuando Tania estaba a punto de salir por la puerta, esta le entregó una tarjeta. Su vista se detuvo en la palabra ‘escort’.

– No te preocupes, al primero invita la casa- espetó, risueña, antes de que Tania pudiera decir nada.

Andrea B.C.

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