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Relato lésbico: Jugosos muslos
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Relato lésbico: Jugosos muslos

En este relato erótico lésbico, una exuberante y provocativa tatuadora convertirá la cita de Bárbara en una mezcla de placer y dolor. No en vano se dice que el primer tatuaje siempre es especial...

Jugosos muslos

Estaba muy sopesada la decisión y, ya que se había envalentonado, no valía echarse para atrás. Le daba pánico la sangre y el dolor, pero, al mismo tiempo, se moría de ganas de lucir esa cenefa céltica rodeando su muslo izquierdo. Además, le habían hablado de una tatuadora del centro con muy buena fama. Todo estaba a su favor y, de hecho, tenía cita para esa misma tarde. Ya sí que no podía retroceder.

Esa mañana se depiló bien las piernas e incluso rasuró el pubis para que no se le escapara ningún antiestético pelillo por las braguitas. Se puso un culotte negro, unos vaqueros, suspiró y salió a la calle.

Necesitaba unos minutos antes de entrar al establecimiento. A través del escaparate observó a la experimentada tatuadora. Tenía aspecto de ‘malota’, con un piercing en la nariz, varios en las orejas y un tatuaje gigantesco que le cubría casi la totalidad de un brazo. Llevaba puesta una falda azul eléctrico que le hacía un trasero muy sugerente. La chica se giró y descubrió a Bárbara mirándola a través del cristal. Ups, momento de entrar.

De cerca, la tatuadora ganaba mucho más. Divisó, igualmente, que tenía un piercing en la lengua cuando se dirigió a ella para decirle que en cinco minutos la atendería.

Tenía el pelo teñido de un rojo bastante cantoso y un escotazo que sacaba a relucir sus dos grandes virtudes cada vez que se agachaba. Volvió a ella y Bárbara le explicó exactamente el tatuaje que tenía en mente, los colores y el tamaño. Como lo quería en uno de sus muslos, a modo de liguero, la chica le instó a quitarse los pantalones y a tumbarse.

Se aproximó, entonces, a su muslo izquierdo e inspeccionó la zona antes de comenzar. Le hizo separar las piernas para poder tener más visibilidad e, involuntariamente, Bárbara se sintió excitada. Tenía su cara a escasos centímetros de su sexo y esta situación le hizo humedecerse ligeramente.

Por si fuera poco, le echó un ungüento y empezó a extendérselo. Sus manos suaves recorrieron la parte interna de su muslo, mientras su clítoris se iba expandiendo cual flor. Sintió sus dedos largos que se aproximaban a su ingle, mientras retiraban de forma muy sutil la costura. El culotte debía de estar mojado ya; cerró los ojos y se concentró en esas caricias que se iban acercando a zona peligrosa.

No sabía si formaba parte de su ensoñación pero lo cierto es que notó una leve presión en su clítoris y se incorporó para comprobar si era su imaginación. No. Era la tatuadora que estaba campando a sus anchas por su sexo. Se cruzaron las miradas. “¿Te gusta?”, le preguntó a Bárbara. “Estás muy nerviosa y pensé que sería bueno que te relajaras un poco”, añadió.

La respiración de Bárbara comenzó a hacerse más fuerte. La situación era un tanto excéntrica pero no deseaba que parase. La tatuadora siguió acariciándole su sexo con ojos devoradores mientras Bárbara se mordía sus puños en un vano intento de controlar sus jadeos.

Desde su posición, le bajó el culotte y se lanzó de lleno a comérselo. Bárbara no daba crédito y en un arrebato le agarró de esos pechos grandes que se agitaban entre sus piernas. Halló sus pezones, duros y grandes. Mmm, tenían piercings.

Cogió la cabeza de la tatuadora y fue directa a sus labios para meterle la lengua en su boca, con la pretensión de encontrar ese pendiente oculto en la suya. Nunca había besado a nadie que tuviera un piercing en la lengua y, por supuesto, ninguna persona de estas características le había realizado sexo oral hasta ahora.

La tatuadora atrapó con ansias sus senos y los chupó compulsivamente. Tiraba de sus pezones con los dientes, produciéndole a Bárbara una combinación de placer-dolor inexplicable.

De nuevo, descendió hasta su sexo y se detuvo en sus muslos, besándolos y paseando su lengua por ellos. “No te imaginas lo que me ponen tus muslos, tan jugosos”, le espetó justo antes de zambullirse otra vez en su interior y catapultarla hacia un intenso orgasmo.

Después de esos minutos de placer, pensó que tenía reservas para aguantar, al menos, una hora de dolor.

Andrea B.C.

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