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Relato lésbico: Amazonas y amantes
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Relato lésbico: Amazonas y amantes

Miguel Ángel nos regala de nuevo un relato erótico cargado de placer y misticismo, situado en la era de los dioses griegos del pasado. En esta escena lésbica, dos amazonas celebran el éxito de la peligrosa caza con un apasionado revolcón.

Amazonas y amantes

El Sol empezó a despuntar cuando Antíope y Ainia salieron galopando del poblado, rumbo al bosque, para cazar algún animal que sirviese para hacerle una ofrenda a la diosa Artemisa. Cuando llevaban un par de horas fuera del poblado escucharon ruidos que procedían de un matorral. Desmontaron, rodeando a pie lo que podría ser una posible presa. Antíope no se alejó mucho de su caballo, pero no dejó de observar las ramas que se movían cada vez más. Sacó una flecha de su aljaba y la colocó sobre la cuerda de su arco, tensándolo lentamente, mientras Ainia se acercaba por el lateral con un puñal en la mano.

En cuestión de segundos, un jabalí arremetió contra Ainia al tiempo que la flecha rasgaba el aire hasta que se clavó en el lomo del animal. Aun así, todavía le quedaba fuerza para abalanzarse contra Ainia, que esquivó el ataque cogiendo al animal por el cuello y hundiendo el puñal repetidas veces a la altura del cuello. Tras asegurarse que el jabalí estaba muerto, Antíope acerco los caballos a donde este estaba para así cargarlo sobre uno de estos con ayuda de Ainia y atarlo bien para poderlo llevar al poblado.

De repente, Antíope notó la mano suave pero firme sobre su hombro y el calor de unos labios en su nuca; hacía más de medio año que ningún varón venía al poblado y había notado la atracción que Ainia sentía por ella en su mirada. Se volvió a mirarla fijamente a los ojos, en los que vio una mezcla de deseo casi llevado al extremo de la lujuria. Antíope cogió la cara a Ainia con delicadeza y unió sus labios en un beso, cálido y húmedo, en el que sus labios, su saliva y sus lenguas formaron una sola como si fuesen unos siameses.

Ainia dejó caer su capa al suelo, al tiempo que Antíope la arrinconaba contra un árbol y sus manos palpaban los pechos firmes de su compañera, mientras le besaba el cuello. Sus labios fueron bajando, recorriendo los hombros, los pechos, el vientre y, finalmente, el sexo. Ainia se dejaba hacer, disfrutando del placer que le estaban proporcionando. Separaba las piernas lo máximo posible para poder excitarse con la lengua que recorría todo su sexo, y con esas manos astutas que la acariciaban, sintiéndose como si fuese la mismísima Afrodita.

Ainia empujó a Antíope e hizo que se tumbase en el césped, sentándose sobre ella y uniendo así su boca con los labios de la vagina de Antíope. La chica los recibió con gran excitación, y disfrutó de esa lengua que recorría toda su vulva, cada vez más internamente, hasta que alcanzó su clítoris. En ese momento, Antíope se estremeció de tal manera que no pudo corresponder a su compañera hasta que su cuerpo se relajó tras el vuelco del orgasmo. Ainia, sin embargo, estaba muy húmeda pero no había llegado al estado de su compañera, así que ésta empezó a acariciarle el clítoris, lentamente, para ir aumentando el ritmo hasta que al fin escuchó a Ainia gritar de placer.

Antíope se quedó abrazada a Ainia. Sabía que en otra cacería que hiciesen juntas volverían a repetir esa experiencia, si no lo hacían ya antes. No sólo eran amazonas, también eran amantes.

Miguel Ángel Sánchez

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