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Relato erótico: "Unas ganas locas"
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Relato erótico: «Unas ganas locas»

La lucecita parpadeante del móvil me avisó de un nuevo mensaje. Era Guille, un antiguo amante, con el que hablaba cada cinco meses o así, sin exagerar. Tenía novia, pero cada vez que chateábamos me aseguraba que muchas veces pensaba en mí. Era extraño, pues según me contaba, solo le pasaba conmigo. Él estaba bien con su chica y le era totalmente fiel. Sin embargo, por alguna inexplicable razón, yo le hacía perder el norte.

A mí me hacía tilín, la verdad, aunque el hecho de que tuviera pareja, me echaba para atrás. Eso sí, aquella tarde supo bien cómo calentarme. Nuestras conversaciones por WhatsApp siempre comenzaban como dos viejos amigos, poniéndonos al día. Luego, retrocedíamos a aquellos viejos y maravillosos tiempos y entonces la llama volvía a arder.

– No sé cómo lo haces, pero se me ha puesto dura- me escribió en uno de los mensajes.

Le mandé una carita sonriente haciéndome la inocente.

– No paro de recordar lo mojada que estabas aquella vez. ¿Te acuerdas? Te masturbé en el coche y estabas empapada- añadió.

Por supuesto que me acordaba. Aquel día se había hecho el duro conmigo y me había puesto a mil. Aún no había comenzado a tocarme y ya estaba cachondísima.

En cinco minutos salía del trabajo y, en cuanto llegase a casa, me decía, quería hacer guarradas conmigo por el móvil.

– ¿Y tu novia?- pregunté yo.

– No te preocupes por eso- contestó.

Entré en su juego y, mientras llegaba a su casa, le pregunté si quería una foto mía. Me desvestí y le envié una imagen morbosa de mis pechos asomando por el sujetador. Al instante me respondió diciéndome que apenas podía conducir su moto a causa de la erección.

– Yo también quiero una foto- le reté.

Unos 10 minutos después me llegó al móvil. La abrí con curiosidad y contemplé su miembro tieso. Volví a fijarme en la imagen porque me resultaron familiares las baldosas que aparecían. Casi no me dio tiempo a hiperventilar cuando el timbre de la puerta sonó. Era él, claro.

Estaba guapo y con una sonrisa picarona permanente. Nos dimos dos besos como si esa conversación subida de tono no hubiera sido nuestra. Al acercarse, noté su erección y me volví a encender.

– Pero, ¿qué haces aquí? ¿Cómo es posible que te acuerdes del camino si hacía mil años que no venías?- le espeté.

– Tenía ganas de verte y no quería conformarme con el WhatsApp- me respondió.

Realmente, desde que él tenía pareja, nunca habíamos ido más allá. No habíamos pasado del mero tonteo por el móvil. Pero ahí estaba él, cogiéndome en volandas mientras nuestras bocas se buscaban. Me empotró contra la pared y yo rodeé su cintura con las piernas notando su miembro duro apuntar hacia mi vagina. Sus besos me estaban excitando mucho y, aún más, cuando noté sus labios rodear y tirar de mis pezones. Cogía mis tetas con ansias, pero al mismo tiempo parecía no tener prisa y querer quedarse agarrado a ellas toda la tarde. Sus bocaditos lentos me estaban enloqueciendo. Metió la mano por dentro de mis bragas y acarició mi sexo sin dejar de sonreír, como satisfecho por lo que había encontrado.

Nos tiramos en la cama ya desnudos, restregando nuestros cuerpos. Mientras él hundía su dedo en mi vagina, yo agarré su miembro imponente. Sus jadeos agradecidos me animaron a metérmelo en la boca ipso facto. Lamí su tronco y, sin usar las manos, casi me metí su polla hasta la campanilla.

Al borde del orgasmo, se puso encima y comenzó a juguetear con su verga en la entrada de mi vagina. Estaba tan resbaladiza, que era demasiado fácil que se colara sin apenas esfuerzo. Entonces, por fin la sentí dentro. La quería todavía más profunda, quería que se moviera y me penetrara rápido y así se lo hice saber.

Él iba lento al principio porque era la única manera de controlar la situación. Empezó a dar mayor velocidad a sus embestidas y enseguida me dijo que iba a aguantar poco. Desde abajo, me acomodé a su cuerpo para que mi clítoris se beneficiara de sus movimientos. Al poco sentí que yo también llegaba, con él, sin parar de besarnos. Fue un polvazo brutal.

Nos quedamos un rato en la cama, echados, haciéndonos caricias, besándonos. Entonces, sonó su móvil y volví a la realidad. No podía evitar sentirme un poco tristona de que yo solo fuera la otra. Él contestó con monosílabos y en menos de un minuto colgó.

– Era mi madre. Por cierto, me olvidé decirte. Hace un mes que lo dejé con mi novia- sentenció, y volvió a la cama.

 

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