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Relato erótico: Un todo incluido
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Relato erótico: Un todo incluido

Ir de vacaciones con la familia no quiere decir que no se puedan tener momentos más íntimos. En este relato erótico de Andrea B.C, Virginia decide hacer realidad dos de las fantasías sexuales femeninas más populares: un mulato socorrista.

Un todo incluido con sabor a chocolate

Con el verano apenas comenzando, para Virginia también significaba el inicio de las vacaciones familiares. Por delante tenía 15 días de playa por la mañana, piscina por la tarde y pensión completa. Al menos, tendría habitación para ella sola, lo que significaba cierta libertad y despegarse de sus padres, aunque sólo fuera durante las horas de sueño.

Su habitación no estaba mal. Lo que más le gustaba era la gran cantidad de espejos que había esparcidos por toda la estancia. Aún quedaban unas horas de sol, por lo que decidió darse un chapuzón en la piscina del hotel. Se quitó la ropa y sacó su bikini de la maleta. Se contempló en el espejo del baño. Senos redondos y voluminosos pero todavía blancos. Lo mismo le ocurría con las demás partes del cuerpo. Necesitaba un baño de sol pero ya. Se los tocó delicadamente, sujetando cada pecho con una mano para comprobar su tamaño. Sus pezones se endurecieron. Se los tocó con las yemas de los dedos y con movimientos circulares.

Se dirigió a la cama y se sentó en ella, abriendo las piernas. Llevó un dedo, previamente humedecido con su lengua, hasta su vagina y se acarició mediante toques suaves hasta que notó cómo su clítoris se hinchaba. Incrementó la velocidad hasta que empezaron los espasmos que le abrieron las puertas del placer.

Ya más relajada, volvió al lavabo para aclararse sus dedos delatores. Se puso el traje de baño y se encontró en el pasillo a sus padres que también tenían la idea de bajar a la piscina. Se tumbaron en hamacas consecutivas y, tras escuchar a su madre refunfuñar por esa mini-braguita que llevaba y que dejaba al aire buena parte de sus nalgas, se fue al agua.

Hizo un par de largos y se sentó en el bordillo a descansar unos segundos. Levantó la cabeza y vio frente a ella al socorrista: un chico mulato, con pelo afro, que se paseaba tranquilamente sin perder de vista la piscina. Cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, le sonrió, diciéndole un «hola» muy animado. Se acercó a ella y le preguntó si llevaba mucho tiempo alojada y con quién había venido. Virginia señaló a sus padres, quienes, percatándose, saludaron entusiasmadamente a lo lejos.

El socorrista soltó una leve carcajada y le propuso enseñarle la zona después de que terminara su turno. No pudo negarse a ese cuerpo de chocolate con leche y, aunque le daba una vergüenza terrible, accedió. Le esperaría en la piscina a las 21.00 horas. Virginia se levantó y se despidió. Cuando caminaba hacia las tumbonas podía sentir la mirada de él sin despegarse de su trasero que se iba dorando con el sol. Se giró en un impulso y, efectivamente, este observaba embobado cómo se alejaba. Se sonrieron por última vez esa tarde.

Para la cita eligió un vestido rojo y florido por encima de las rodillas. Se recogió el pelo en una trenza que le colgaba con gracia en el hombro izquierdo y se decantó por un eyeliner negro.

Bajó y se lo encontró recogiendo las últimas hamacas y poniendo a punto la piscina para el día siguiente. Aunque hacía escasas tres horas que se habían visto, se recibieron con un beso en la mejilla. «Mmm. Hueles muy dulce», comentó cuando se acercó a ella. Virginia solo acertó a decir un simple «gracias».

Gregor, que así se llamaba, le preguntó si quería acompañarle a su habitación para que pudiera cambiarse. «Serán sólo 10 minutos», añadió para convencerla. Virginia no puso oposición. El socorrista vivía durante la temporada en el hotel, en un pequeño cuarto junto a otros muchos donde también residían los demás empleados.

Esperó a que él se duchara inspeccionando un poco el lugar. De repente, sintió unas manos que le tapaban los ojos y unos labios que le besaban dulcemente el cuello. Todavía sin poder ver nada, Gregor la condujo hasta su cama. Claro, eso ella no lo sabría hasta que él la tumbó.

Cogió un pañuelo de seda y se lo puso alrededor de los ojos, de modo que ella seguía sin saber qué pasaba realmente. No obstante, le excitaba tanto la situación que se mostraba incapaz de articular palabra alguna.

No era consciente, pero estaba a su merced. Deslizó su vestido hacia arriba y, cuando se lo hubo quitado, lamió su ombligo y su escote, mientras Virginia vibraba por dentro. Con gran maña le desabrochó el sujetador y su lengua continuó recorriendo cada centímetro de sus senos. Estaba ya muy húmeda cuando sintió que algo acariciaba su vientre y sus pezones. Era su pene que también chorreaba al contacto con el cuerpo de ella.

Lo cogió y masturbó vivazmente, no sin antes deshacerse de su antifaz para poder ver ese lingote del chocolate más sabroso. Se lo llevó a la boca sin dejar de mirar a los ojos del ardiente negro que tenía enfrente. Se lo introdujo hasta casi rozar su campanilla, mientras sus labios masajeaban ese miembro que se engrandecía a cada chupada.

Sin embargo, no quería terminar en su boca, sino dentro de ella. Le arrancó el tanga y la penetró salvajemente. En un movimiento rápido, Virginia se puso encima, tomando por primera vez el control. Se agitaba encima de él, mientras Gregor le agarraba con fuerza ese trasero que tanto le había enloquecido en la piscina y no escatimaba en azotarla. Los jadeos de ella inundaron toda la habitación y los sudores de ambos se hacían uno.

Ver su cuerpo pálido y blanquecino junto al de él, moreno, le ponía muchísimo y, sobre todo, que él le propinara esos azotes mientras estaba llegando al clímax.

Se había hecho tardísimo, pero aún no quería volver a su habitación. Sabía que era la ocasión perfecta para hacer realidad uno de sus sueños más íntimos: quería un cunnilingus de un afro. Ver una melena así buceando en su vagina debía de ser lo máximo.

Andrea B.C.

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