¡Lo último!

Relato erótico: “Relax primaveral”

Inés y su padre terminaban de llenar la piscina del chalet de cara a la temporada veraniega. Aquel fin de semana se esperaban temperaturas más cálidas que lo conveniente para esas fechas, así que no pudieron escoger mejor momento. Cuando estuvo a punto, sus padres se despidieron de ella hasta la noche, pues habían quedado para echar la tarde con unos amigos.

¿Qué mejor plan que estrenarla sin moros en la costa? De hecho, ¿qué mejor sensación que bañarse desnuda ahora que no había nadie? Todos esos pensamientos se formaron en su cabeza segundos antes de comenzar a desvestirse. Una montaña de ropa se apilaba sobre el césped, a excepción de sus braguitas. Miró a ambos lados para asegurarse de que, efectivamente, no había ningún vecino mirón y las dejó caer al suelo.

Se untó despacio crema solar por el cuerpo. Empezó por la cara, el cuello y los pechos. Del roce, los pezones se endurecieron. Los frotó un poco más, acariciándolos adrede hasta excitarse un poco. Lentamente también fue sumergiéndose en la piscina.

Le encantaba nadar desnuda y que el agua acariciase cada milímetro de su piel. Estaba un tanto fría, así que sus pezones continuaron erectos un rato más. Se quedó flotando boca arriba, ajena a lo que pudiera estar sucediendo a su alrededor. Los vellos de su pubis asomaban sobre el agua, así como sus senos. Entonces, abrió los ojos y observó una cabellera negra en la ventana. Era Miguel, el hijo viajero de los vecinos, el que nunca estaba por casa y el que, de repente, estaba ahí, en el último lugar que Inés hubiera imaginado.

– Estás guapa, Inés- dijo desde la ventana.

Esta se zambulló en el agua para tratar de ocultar sus partes íntimas.

– ¿Por qué no vienes a casa?- añadió Miguel.

– Qué va, ven tú si quieres- contestó ella.

– ¡Voy!

Lo cierto es que no se esperaba esa predisposición de aquel vecino errante. Casi no le dio tiempo a salir del agua cuando ya lo tenía allí, frente a ella. Estaba desaliñado, pero guapetón. Ella se enrolló la toalla con tan mala pata que se cayó al césped, quedando desnuda frente a él. No sintió vergüenza, sino excitación, pues ya se habían visto sin ropa en alguna ocasión, cuando eran un poco más jóvenes y más locos.

Miguel se levantó y se aproximó a ella, intimidándola un poco. Agarró sus tetas y las alzó hasta que su boca se pegó a ellas. Su lengua las recorrió impaciente e Inés le dejó hacer. Esta estiró el elástico de sus bermudas y metió su mano hasta que se topó con su verga tiesa. Cuanto más la tocaba, él más chupaba.

Miguel se echó sobre uno de los sillones de la terraza de casa de Inés, estratégicamente situado tras una columna, de modo que nadie podría observarlos. Ella se sentó encima, totalmente desnuda y con las piernas a ambos lados de su cuerpo. Este pellizcó sus nalgas y se dedicó con sus labios a besar todo lo que tenía a su alcance. La balanceó sobre su polla que se erguía cada vez más. Inés la sentía bajo sus labios vaginales cubiertos de humedad.

Entonces, la tumbó y puso su pene a la altura de sus labios. Esta se giró y comenzó a comérsela, con aquel presionando suavemente su cabeza.

Miguel se colocó de rodillas y la penetró con las piernas de ella a sus hombros. Al principio sus embestidas eran lentas hasta que ya no podía más del calentón y fue dándole más y más rápido, animado también por ella.

Inés trataba de reprimir sus gemidos en vano mientras Miguel entraba en ella sin descanso. Follaron mirándose a los ojos, con algún beso furtivo. Un poco más y este se quitó el preservativo para eyacular sobre su pubis. El semen se deslizó entre los dedos de ella que, sobre su clítoris, buscaban ansiosos el orgasmo.

 

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