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Relato erótico…Relájate y disfruta

Ana siempre se había considerado heterosexual, había tenido varios novios y sabía que le excitaban las pollas. En alguna ocasión, entre amigas, alguna había confesado tener curiosidad por probar a una chica, pero ella siempre se mantenía tajante en su negativa. Si se imaginaba comiendo una vagina, le generaba más bien rechazo.

Sin embargo, se había dado cuenta de que, aunque no sentía deseos sexuales por ninguna mujer, sí que le excitaban los pechos y, cuanto más grandes, mucho más.

Una tarde de calor y hastío, se metió en Internet para ver porno. Solía hacerlo de vez en cuando, aunque siempre buscaba porno heterosexual. Esta vez sería diferente. Mientras encontraba el mejor vídeo, se topó con varias imágenes de chicas sensuales y de tetas enormes. Sintió cómo un leve ardor recorría su sexo y deseó tocarse. Continuó viendo fotografías, cada vez más picantes, y su excitación no dejaba de aumentar.

Se humedeció el dedo índice y rozó uno de sus pezones, que ya estaban erectos. Ese contacto la puso aún más cachonda. Se revolvió en la silla, frente a su ordenador, y pudo notar cómo su clítoris pedía guerra. Lo palpó un poco por encima de su fino pantalón y se estremeció. Estaba a punto.

De repente, tocaron la puerta de su habitación y alguien entró. Acalorada, cerró descaradamente todas sus pestañas y aparentó normalidad. Era Cris, una de sus compañeras de piso, quien se acercó a ella con una sonrisa más que evidente.

– No te preocupes, Ana. Yo también veo porno lésbico a menudo. Recuerda que soy “bi” – le dijo, con absoluta tranquilidad.

Antes de que Ana pudiera contestar, se aproximó a su ordenador y pinchó en las ventanas minimizadas. Se inclinó junto a su silla y comenzó a navegar por esa web. Ana la observó detenidamente. Llevaba unos shorts y una camiseta lisa de tirantes, de aquellas de estar por casa, pero bien ceñida y escotada. Tenía sus senos a la altura de sus ojos y no pudo evitar fijarse en ellos. Era la primera vez que la miraba con deseo. De hecho, volvió a sentir humedad en sus partes más íntimas.

Se puso nerviosa y su reacción inmediata fue decirle a Cris que tenía que ir al baño. Cuando se levantó, Cris le impidió el paso, arrinconándola contra la cama. Entonces, Cris tomó sus manos y las colocó en sus tetas, restregándolas con ellas.

– Relájate y disfruta- le susurró.

Durante los primeros segundos, Ana estaba bloqueada, aunque poco a poco empezó a gustarle esa sensación. En un arrebato, tiró hacia abajo de la camiseta de Cris y contempló sus redondos pechos coronados por sendos pezones rosados y bien delineados. Los rodeó con sus labios y los chupó hasta que se endurecieron en su boca, mientras escuchaba los jadeos de Cris.

– Siéntate en la cama- ordenó esta a Ana.

La cama tenía una hilera de cajones en la parte inferior, por lo que se elevaba algo así como un metro respecto del suelo, de modo que, con ella sentada, quedaban prácticamente a la misma altura. Cris se desnudó y se acercó a Ana. Esta sintió sus senos rozando los suyos y palpó su suave cuerpo desnudo. Se besaron por primera vez y también por primera vez Ana notó que estaba cachonda por una mujer real.

Cris arrancó sus braguitas mojadas y separó sus piernas. Antes, le comió las tetas con vicio, mordiéndole los pezones y succionándolos. Indescriptible fue para Ana la sensación de percibir cómo la lengua traviesa de aquella se aproximaba a su sexo. Esta rozó su clítoris de manera suave y delicada, recreándose en él. Ana estaba tan caliente que, pocas lamidas después, se corrió en su boca armando gran escándalo.

Cris se relamió satisfecha, le dio un beso tierno en los labios y cerró la puerta tras de sí. Tampoco quería agobiarla y sabía que lo mejor era dejarle espacio para que pensase sobre todo aquello.

Ni se volvió a repetir ni jamás hablaron de aquel episodio, pero no fueron pocas las noches en las que Ana alcanzaba, sola, el séptimo cielo entre sus sábanas rememorándolo.

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