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Relato erótico: "Perlas en la noche"
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Relato erótico: «Perlas en la noche»

Samanta estaba dormida en la cama mientras los labios de Lucía sorbían ligeramente el café recién preparado. Había pensado en despertarla y hacerle sentir sus acuciantes necesidades, despertar algo más que su mente y liberar algo más que su cuerpo. La mente de Lucía aún estaba dominada por la escena de aquella quitándose la camiseta en aquel momento de calor. No había podido dejar de pensar desde esa mañana que era más que obvio que no llevaba nada debajo. Es más, Lucía pudo comprobar que su piel morena de 20 años era suave y tersa cuando la empezó a besar horas después. Ahora la acogía el sueño entre las azules sábanas de su cama mientras movía sus pechos acompasados con su respiración. Pensaba en cómo los había saboreado mientras Samanta exhalaba sus gemidos desesperantes moviendo la cadera al ritmo de sus manos, mientras había sentido humedecerse su entrepierna empapando sus dedos.

Había respirado su perfume y ansiado poseerla después de verla jugar con su indecisión durante la tarde; que si le sujetaba la camiseta para que no enseñara más la tripa, que si le ponía crema por aquí o que si le ayudaba a atarse el bikini por allá. Había sido entonces cuando Lucía había deseado poseerla. Al respirar su perfume en la noche había llegado a entender que Ramón y Juan no valían tanto. Ellos estaban en la barra midiendo su masculinidad frente a dos copas de Licor 43 mientras la pequeña Daniela jugaba con su hermana a ver quién llegaba antes al porche y volvía. Samanta llevaba ese vestido negro que le había hecho olerla tan de cerca. Y es que al preguntarle por la etiqueta, Lucía pudo asomarse a su espalda. Entonces el cúmulo de fragancias se agitó en sus aletas nasales y decidió que tenía que follársela.

Ahí estaban. Chocando contra la puerta 602 en donde dormían las niñas y crepitaba el neandertal del marido de Samanta y agarrándola por el mismo vestido que había despertado su pasión y su lujuria, tirando de su collar de perlas como si fuera su pelo, acariciando su culo. En la misma encimera donde Lucía está sorbiendo su café, ella empezó a bajar solo unas horas antes por el cuerpo de Samanta hasta llegar a su ombligo, rodeándolo con su lengua y agarrándola del collar con cada vez más fuerza. Con sus manos desnudas, Samanta abrió las piernas de Lucía para que sus tacones se apoyaran en la encimera cual araña de la lujuria dispuesta a ser entubada por la lengua de aquella. Apareció firme y decidida mientras, con una mano libre, liberaba sus pechos, le pellizcaba los pezones con decisión y succionaba sus labios apretándolos contra los suyos. Probablemente Lucía estaba tan caliente como el café que sorbe  ahora mientras mira los pechos de Lucía acompasarse con su respiración en los brazos de Morfeo.

Fue entonces cuando al borde del clímax, Samanta empujó con fuerza sus dedos dentro del sexo de Lucía e hizo esperar su orgasmo los segundos suficientes para que pudiera levantar la cara y mirarla con sus ojos azules. También fue entonces cuando el collar de perlas se rompió y las diminutas circunferencias obsequio de algún aniversario acabaron por los suelos de la habitación. Lucía agarró sus labios y los mordió mientras, sin bajar las piernas, le quitó el vestido con fuerza hasta dejar a Samanta desnuda de pie delante de ella. Juntó sus tacones clavándolos en su espalda hasta oírla gemir de sorpresa y placer y elevó sus piernas para unir su coño con el de ella sobre la encimera.

Entonces se oyó un crujido y una de las perlas se pulverizó ante una entrada inesperada. El orgasmo y el café tuvieron que esperar un poco más en la habitación 603.

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