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Relato erótico: “Pasión conyugal. Parte I”
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Relato erótico: “Pasión conyugal. Parte I”

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Una seguidora de la página nos ha hecho llegar un relato erótico que plasma la pasión que existe entre un joven matrimonio. ¿Quién dijo que el deseo y el frenesí sexual terminaba nada más casarte? Descubre la historia de Sharon y Alex. La hemos dividido en varias partes, cada una con momentos la mar de excitantes…

Ya había anochecido cuando Alex llegó a casa, cargando con una bolsa de lona alargada colgando del hombro, dentro de la cual se hallaba la última de sus adquisiciones, una alfombra persa de primerísima calidad, cuyo precio rebasaba de sobra las dos mil libras, y que se suponía que vendería al día siguiente a un hombre de negocios. Sin embargo, nada más verla sintió el familar hormigueo que despertaban en él las obras valiosas, así que pensó que no perdería nada por admirarla en privado. Al extenderla sobre el parqué, comprobó que ocupaba la mitad de la superficie de su propio salón, realmente era magnífica, reflexionó mientras se ponía de rodillas y con el dorso de la mano notaba la calidez y suavidad del tejido, que mostraba los rombos rojizos unidos a las elegantes flores moradas, el joshagan, y se maravilló de lo mucho que le gustaba aquella pieza.

Con una sonrisa maliciosamente traviesa en la cara fue hasta la puerta y llamó a su mujer, se la había ocurrido una idea atrevida. Mientras la esperaba, se quitó toda la ropa hasta quedarse totalmente desnudo y se sentó sobre el valioso tapiz, con los brazos extendidos hacia atrás y las piernas estiradas. Sharon entró en la habitación y al ver a su marido no pudo menos que sonreír. Alex era así, le encantaba practicar el sexo en cualquier lugar de la casa y a cualquier hora, e incluso a veces lo habían hecho en algún sitio público, como cuando hicieron el amor en la cocina de su amiga Marion, la adrenalina que sintieron en esa ocasión les hizo sentir más fogosos que de costumbre, hasta el punto de que se fueron antes de tiempo a casa, donde siguieron con su fiestecita privada, y Alex llegó a eyacular cuatro veces más a lo largo de la noche.

Sharon entró en la habitación y se plantó delante de él, llevaba puesto un bonito conjunto de bata y camisón de seda de color melocotón que le favorecía mucho, pues realzaba el color de su piel, además de subrayar la sinuosidad de sus curvas y la generosidad de sus pechos. Cuando se dio cuenta de que estaba recostado sobre aquella alfombra, no pudo menos que expresar su extrañeza:

– ¿No te da miedo estropear un artículo que vale tanto dinero? –le preguntó en actitud desafiante, con los brazos en jarras y con una fingida irritación que sabía que a él le gustaría.

– Joder, se me está poniendo dura –afirmó con la mirada encendida y tendiéndole los brazos- Además, vale la pena, ¿no crees, nena?

Sharon resolvió no decir nada más, y por toda respuesta movió los hombros hacia atrás y dejó que la sedosa bata resbalase a lo largo de sus brazos, mostrándose totalmente desnuda. Philip se deleitó contemplando los pezones rosados sobre la piel cremosa, las suaves y perfectas curvas de sus caderas, el enmarañado vergel que encubría su pubis, y contuvo el aliento al admirar su belleza. Entonces ella bajó las manos a su tierna hendidura y se acarició lentamente para él, antes de caminar unos pasos y con uno de sus descalzos pies estimularle la polla, girando su delicado pie hasta sentirla aumentar de grosor. Philip sintió cómo su deseo se disparaba, se arrodilló delante de ella para besarle el empeine de los pies y seguir ascendiendo por las pantorrillas y los muslos. Le agarró el culo y empezó a acariciarlo con las yemas de sus dedos, mientras mantenía deliberadamente su cara a pocos centímetros de su vulva, esperando una reacción por parte de ella.

Sharon le agarró del pelo y dirigió su cabeza hasta su sensible raja, donde él la veneró succionándola de forma exigente, apuñalando la tierna carne con su lengua. Sabía que ella gozaba con aquellos insistentes lametones, que notaba el tacto de sus dedos clavados en su sensible carne, la suavidad de sus manos cubriendo sus pechos, pero sobre todo las implacables caricias con las que estaba erosionando la perla de su clítoris. Alex estaba satisfecho por proporcionarle placer a la mujer que amaba, se deleitaba escuchando los jadeos femeninos, que muy pronto se convirtieron en un torrente de espasmos que convulsionaron su cuerpo durante dos largos minutos, durante los cuales él mantuvo la boca pegada a su monte, enloquecido por convertirse en su fuente de goce.

Ella le dirigió una mirada satisfecha y se agachó a escasos centímetros de su enhiesto miembro, que ondulaba en medio de sus robustas piernas. Él se acostó cuan largo era y entrelazó las manos detrás de la nuca, codiciando las caricias de su amante. Sharon resbaló la punta de la lengua a lo largo de su eje hasta llegar a los testículos, se los metió en la boca y los degustó golosamente, mientras le rodeaba la polla con una mano y la frotaba con sus firmes dedos. Se arrodilló entre sus dos piernas y le lamió la verga de arriba abajo, desde la base del pene hasta el glande, para después volver a movérsela con la mano, hasta que dobló su grosor y se puso tan dura que apenas podía retenerla entre sus dedos. Entonces se subió encima de él y comenzó a montarlo.

Alex sostuvo sus cremosos pechos con las mano, acarició las sinuosas areolas y dio suaves pellizcos a sus pezones, mientras ella retozaba encima de su miembro, empalándose en él una y otra vez, abandonándose al cálido éxtasis que comenzaba a abrirse paso. De repente él se quedó inmóvil.

– Ponte a cuatro patas, nena –pidió suplicante con la voz ronca.

Sharon hizo lo que él le pedía, se arrodilló dándole la espalda a su marido y quedándose frente a un enorme espejo de forma ovalada, que le permitió observar la expresión de Alex cuando la embistió desde atrás. Él empezó a clavarse en lo más profundo de su cavidad, gimiendo con voz ronca mientras contemplaba la cara de su mujer en el cristal, que gemía, se mordía el labio inferior con los dientes y cambiaba constantemente la expresión de su cara, mientras las fogosas embestidas de su frenética polla la estaban acercando al éxtasis. Por su parte, Alex apenas podía aguantar el intenso deseo de eyacular en su interior, las arremetidas de su entrepierna contra el interior de su sexo le tenían al borde del precipicio, así que cuando ella se sumergió en la ansiada espiral de placer, exprimiendo aún más su vaina, él se agarró con más fuerza a las nalgas femeninas y empujó con todas sus fuerzas, bombeando fogosamente y permitiendo que ella le ordeñase hasta la última gota de su espesa simiente. En medio de aquella explosión de lujurioso placer, Alex miró al techo y mientras daba las últimas embestidas, se le ocurrió una idea que le hizo sonreír.

Sharon se abrazó al musculoso pecho de su marido y le mordisqueó suavemente las tetillas.

Dame diez minutos, ¿quieres? –comentó él medio en broma.

¿Qué te apuestas a que te vuelvo a encender en solo cinco? –le retó ella con aquella  mirada ingenua y lujuriosa a la vez.

– ¿Qué prisa tienes? – preguntó mientras le acariciaba el pelo.

– Hemos quedado para ir a cenar, ¿no te acuerdas?

– ¡Bah! Lo indicado es llegar al menos veinte minutos tarde –contestó él de mala gana, pues no tenía ganas de levantarse, ducharse y vestirse, y mucho menos aún de apartarse del cuerpo de su mujer.

– ¿Sabes? A mí también se me han quitado las ganas de ir. ¿Qué te parece si les telefoneo para decir que no vamos?

– Ven aquí, preciosa –le dijo él atrayéndola hacia su boca y besándola con ardor- Es una idea magnífica.

– ¿Por qué no te das una ducha? –le propuso en tono seductor- Si quieres después te frotaré la espalda.

– Estupendo, nena. Te espero en el cuarto de baño.

Mientras Alex subía las escaleras para meterse en la bañera ella hizo lo que había prometido, y llamó a casa de sus amigos para excusarse por no acudir a la cena. De repente le apetecía pasar la noche en los cálidos y fuertes brazos de su apuesto marido. Se había enamorado de él durante una fiesta de fin de año que daba una amiga común, y desde ese mismo momento se propuso conquistarlo, tarea que no resultó sencilla, pues Alex era un hombre atractivo que estaba acostumbrado a que las mujeres revoloteasen a su alrededor, mujeres que eran más hermosas que ella; sin embargo si Sharon era consciente de su pequeña desventaja, también tenía claro cuáles eran sus virtudes, y desde luego las empleó a fondo para seducirlo, ya que su aguda inteligencia le sirvió para identificar las necesidades de Alex y ocuparse de satisfacerlas.

Una de las primeras cosas que advirtió era la gran importancia que tenía el sexo para él, ya que disfrutaba probando posturas y lugares nuevos. Él mismo le confesó que necesitaba disfrutar de verdad en la cama y que por eso aún seguía soltero, pues todas las mujeres que conocía eran demasiado remilgadas para su gusto, así que además de estar enamorada de él y de ser su mejor amiga, se convirtió en una leona en la cama. Al cabo de dos meses él le pidió que fuese su esposa, y desde entonces habían mantenido un feliz y ardiente matrimonio. Por eso, cuando a su marido se le ocurría una de sus alocadas ideas, ella accedía de buen grado y cuando meditaba sobre la cuestión, se daba cuenta de que era feliz, muy feliz de poder excitar de aquella manera a un hombre, su hombre, que la adoraba, la besaba y la follaba con el mismo fuego que la primera vez.

 

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