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Relato erótico: Margaritas para tres
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Relato erótico: Margaritas para tres

Alicia B.D. nos ha hecho llegar un excitante relato erótico de a tres. Tras salir de una relación larga, Inma está dispuesta a experimentar y recuperar el tiempo perdido. A la fiesta se suma Jaime, listo para hacerlas rabiar de placer.

Margaritas para tres

Mi amiga Inma siempre había sido la más atrevida del grupo. Cuando salíamos a bailar muchos años antes y también ya más mayorcitas, no tenía ningún inconveniente en juguetear y tontear con cualquier chico guapete que le echara la vista encima.

No se había casado pero había tenido una relación larga y estable que había terminado hacía unos meses. Para curar el mal de amores Inma había venido a pasar un fin de semana a mi casa. Las niñas estaban con su padre y nosotras aprovechamos para charlar de todo y echarnos unas risas. Eso era sencillo. Menudo par.

Cuando Jaime vino a casa a traerme aquel juego de altavoces que le había prestado unos días antes, pude ver cómo Inma se lo comía con los ojos. Me resultó gracioso porque le sometió a una revisión extensa de pies a cabeza sin disimular ni un poco. Realmente aquellos 190 cm de hombre daban para mirar, recrearse y recordar más tarde, pues pese a sus cuarenta y seis, su cuerpo podía considerarse perfecto.  Si hubiera una palabra para definir a Jaime esa sería: sexy. Así sin más.

Estábamos tomando unos margaritas después de la cena y le invitamos a quedarse. No le costó demasiado decir que sí. Jaime es un hombre que se adapta igual a un café con señoras de setenta hablando sobre productos que anuncia Concha Velasco que en una cena con futboleros que se saben de memoria las alineaciones de los años 80.

Hacía calor en el salón. ¿A quién se le había ocurrido colocar una cristalera y no ponerle persianas? Fui a ponerme algo más fresco y sin ni siquiera mirar en el armario me puse una camiseta de tirantes blanca y me dejé los vaqueros. No me apetecía perderme las carcajadas que venían del salón. Me daba un poco de corte que Jaime me viera así pero ya había tomado varias copas de vino antes de los margarita y no era momento de pararse a pensar demasiado.

Inma y Jaime hablaban de las cosas que hacíamos en la adolescencia y recordaban juegos, frases y tonterías. Cuando entré en el salón me dijeron: “¡Juguemos a verdad o consecuencia!” “Como los niños… “dije yo.

Pero ya habían comenzado con las primeras preguntas. Aquellos dos tenían ganas de reírse y las preguntas empezaron a subir de tono muy rápido.

Si yo soy un poco impulsiva mi amiga lo es mucho más y de buenas a primeras me preguntó:   “¿Qué es lo que más te gusta de Jaime?”

En otro momento quizás hubiera hecho alguna broma tonta para salir del paso, pero tal y como él me miró, no pude evitarlo y dije con mis ojos en los suyos: “Su boca”.

Noté que se ruborizó y me miró de arriba abajo comiéndome con aquellos ojos oscuros. No era la primera vez. En alguna reunión con amigos yo le había sentido recorriendo mi cuerpo y desnudándome con la mirada. Nadie parecía darse cuenta y a mí me resultaba divertido. En ese momento deseé que mirara todo lo que quisiera. Sentí el calor recorrer mi pecho y mis pezones rozaron de repente la suave tela del sujetador. Menos mal que una necesita relleno. Sonreí con picardía y seguimos jugando.

Era el turno de Jaime y le preguntó a Inma si alguna vez había besado a una chica. Ella ni se lo pensó. Le dijo que no, pero que estaba deseando probarlo. Él le siguió el juego y la retó diciéndole que no la creía, que sólo estaba vacilando.

Ella se puso de pie en el salón. Estaba muy guapa, como siempre. Tenía el pelo del color del chocolate, largo y ondulado, brillante y muy espeso. Sus facciones eran dulces y sus ojos irradiaban luz. Le había venido bien distanciarse de su pareja, le había robado mucho color. Ahora Inma desprendía rojos, naranjas, violetas y verdes allí donde estaba. Me gustaba ver a mi amiga como la recordaba de siempre.

Él dijo: “No te atreverás.”

De repente, Inma se acercó a mí. Me cogió la cara con una mano y me dio un beso en los labios. Yo me eché a reír tomándolo a broma. Jaime se puso chulito y volvió a decirle: “¿Eso es todo?” Creo que no sabía con quién estaba tratando.

Ella lo miró casi con desprecio. Volvió a acercarse a mí y esta vez me besó profundamente, introduciendo su lengua en mi boca y buscando la mía sin miramientos.

Me quedé parada. No sabía qué hacer. Pero me bastó ver los ojos de Jaime para darme cuenta que aquello le estaba volviendo loco. Y aún no sé qué se me pasó por la cabeza. En ese momento solo deseaba que aquel hombre a quien yo adoraba en secreto enloqueciera por mí o por nosotras allí mismo.

Se hizo un silencio absoluto. Jaime se sentó en el sillón que da a la calle. Estaba completamente oscuro fuera y sólo se veía la luz de la luna que se asomaba por encima de la iglesia que hay justo enfrente de mi casa.

Yo me saqué la camiseta y la dejé caer al suelo. Inma me desabrochó los botones del vaquero y pudo verse el encaje color ceniza de mis bragas a juego con el sujetador. Le saqué el vestido a Inma, que se dejó hacer sin demostrar ni el más mínimo gesto de rechazo. Mis labios la besaban a ella pero mis ojos le miraban fijamente a él, que no hacía nada. Pero un bulto enorme en el pantalón me enseñaba que aquello le hacía morir.

No sé cómo pasó todo. Nos besamos, nos acariciamos, nos desnudamos y todo delante de él. Éramos inexpertas pero nuestros cuerpos parecían funcionar solos, como si supieran dónde tocar, besar, lamer o mordisquear en cada momento. Inma era más directa y me tiró a la alfombra. Se puso delante de mí y empezó a besar la cara interna de mis muslos, a tocar mi sexo. Yo quería morirme. Había una mezcla rara en todo aquello. Por un lado estaba excitada por todas las caricias, besos… pero sobre todo me volvía loca ver aquella mirada fija que no se apartaba de mí y que me hacía sentir una diosa.

Por momentos hasta parecía enfadado; otras veces, complacido. Siempre serio, respirando despacio, sin moverse. Veía su pecho subir y bajar acompasadamente y aquellas pestañas largas y pesadas que ni se cerraban.

Inma comenzó a besar mis labios más escondidos, a tocarme por dentro. Y no pude más. Gemí de placer allí, echada en el suelo de mi salón, mientras Jaime me miraba inmóvil.

A Inma no le hizo falta demasiado. Mientras yo llegaba al orgasmo se tocó unos segundos y su cuerpo reaccionó al instante. Se levantó y me dijo: “Estás fatal, amiga. Voy a ducharme y me acuesto.” Y así, sin más, recogió su vestido y salió desnuda hacia el baño.

Yo no sabía dónde meterme. Todo el atrevimiento se esfumó en aquel momento. Le miré a los ojos y bajando la mirada murmuré: “Lo siento.” Él sonrió, se levantó del sillón, me cogió en brazos, desnuda como estaba, y me dijo: “¿Quieres saber a qué huele el deseo?” Y así, en brazos, me llevó a mi dormitorio.

Alicia B.D.

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