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Relato erótico: "En la azotea"
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Relato erótico: «En la azotea»

 

  • ¿Cómo sabías que estaba aquí?- dijo sin volverse para mirarle.
  • Porque una vez me dijiste que este sitio te ayudaba a pensar- contestó él, acercándose.

Miranda estaba sentada en un bordillo, en la azotea de su bloque. Estaba anocheciendo y las antenas de televisión de los edificios comenzaban a desdibujarse. Tom le preguntó si podía sentarse a su lado y ella accedió. Puso un brazo sobre sus hombros y ella se inclinó sobre él. Miranda le acariciaba nerviosamente la pierna mientras hablaba. Tom se limitaba a escuchar sin decir nada. Él estaba ahí con ella y sabía que eso era exactamente lo que necesitaba.

Algo tenía este chico que le hacía sonreír aun cuando todo a su alrededor era gris. En sus brazos se sentía cómoda y segura. De nuevo, le invadió una especie de melancolía al pensar que Tom no sentía nada por ella, únicamente amistad. Ajeno a sus pensamientos, Tom le tomó la mano y la besó. Sus labios estaban calientes y ligeramente húmedos y ahora un trocito de ellos estaba impregnado en su piel.

Él hundió los dedos entre sus cabellos y, poco a poco, Miranda iba sintiéndose mejor. Estaba absolutamente relajada mientras él jugaba con su pelo, pero tenerlo tan cerca hacía que morbosas ideas aterrizaran en su cabeza. Cuando se incorporó, ya era totalmente de noche. El silencio se metió entre ellos, ni siquiera interrumpido por el sonido de la ciudad a lo lejos. Miranda le miró y sonrió y este aprovechó para acariciarle el rostro. Menos mal que la oscuridad ocultaba el rubor en sus mejillas. Se miraron unos segundos sin decir nada y, de repente, él la besó. Fue uno lento, pero recreándose, hasta que se apartó.

  • ¡Ay! Lo siento mucho. Perdóname, yo no quería…- exclamó Tom. Pero no pudo terminar la frase porque Miranda le hizo saber con sus labios que aquello estaba bien.

Por un rato se quedaron descubriendo la boca del otro, saboreándose, hasta que las ganas de ir más allá pudieron con ellos. Tom bajó la cabeza hasta su escote, apartando la tela para así acceder a sus pechos. Los sacó del sujetador sin desabrocharlo, logrando que quedaran a la vista. Cuando su lengua rozó los pezones de Miranda, esta sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Se enganchó a ellos y los succionó despacio y cada vez con más vicio. Este alternaba su lengua con las yemas de sus dedos, hasta conseguir endurecerlos del todo.

Seguían sentados en aquel bordillo, pero nada era lo mismo que al principio. Con una mano, Tom no dejaba de sobar sus senos, mientras con la otra descendía por sus muslos. Conforme se acercaba a su sexo, Miranda iba separando más y más sus piernas. Llegó a sus braguitas y las fue deslizando hasta que cayeron en el suelo. Qué excitante verlas ahí, tiradas. Entonces, Tom se lamió dos dedos y comenzó a frotarla con dulzura, aunque realmente no le hubiera hecho falta mojárselos. La masturbó mientras volvía a meter la lengua en su boca.

Le hubiera gustado retrasarlo un poco, ya que se sentía divinamente con sus dedos penetrándola, pero no aguantó. Le mordió el labio mientras se corría. No obstante, lejos de necesitar una pausa, Miranda se notaba todavía motivada.

Agarró su cinturón y lo desabrochó, palpando su grandiosa erección. Su pene emergió firme y poderoso. Esta lo rodeó con su mano y empezó a acariciarlo. Se puso de rodillas en el suelo y se lo metió en la boca, notando cómo Tom ejercía presión sobre su cabeza para que lo engullese.

Su boca lo recorrió desde el principio hasta el fin, con ansias. Entonces, se levantó la falda y se sentó sobre su polla, de espaldas a Tom. Empezó a botar sobre él mientras este la sujetaba por la cintura y la movía de arriba abajo. Los jadeos de Tom eran cada vez más estruendosos. Le excitaba oír cómo estaba a punto de llegar al orgasmo. Miranda se masturbó hasta que, casi al unísono, los cuerpos de ambos anunciaron el dulce final, allí en la azotea, un poco más cerca del cielo que el resto de la gente. Ese cielo que acababan de alcanzar.

 

 

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