IMPORTANTE. Sólo para mayores de 18 años

Sólo puedes acceder a Pasionis.es si eres mayor de 18 años. 

Por favor, confirma que tienes más de 18 años o haz click en «salir».

Relato erótico: Hambrientos de sexo
¡Lo último!

Relato erótico: Hambrientos de sexo

Excitante relato erótico llego de morbo, fresas y nata. Un viajero sueco se instala un par de días en casa de Mamen, una experta cocinera que quiere darle la bienvenida a España con un festín de lo más placentero...

Hambrientos de sexo

Se confesaba una amante de los idiomas y, siempre que se daba la ocasión, trataba de hacer amistades del extranjero. El ambiente multicultural era lo suyo y sabía que tarde o temprano terminaría viviendo en alguno de esos países remotos que le entusiasmaban. Por eso, era extraño que hubiera tardado tanto en hacer uso de su perfil en una de esas plataformas en las que los locales acogían en casa a un forastero gratuitamente.

Sabía que la experiencia sería enriquecedora con sólo leer el perfil de Jan, un sueco de 32 años que se dedicaba a viajar por el mundo con su guitarra como mayor tesoro. Apasionado de la música, también lo era de la cocina y prometía preparar deliciosos manjares a quien lo acogiera unos días. Se lo imaginó larguirucho, rubio y de tez pálida. Lo conoció ligeramente musculado, de cabello oscuro y piel dorada.

Había preparado unas bebidas y algo para picar, pues deseaba ser la anfitriona perfecta. Sin embargo, lo primero que necesitaba Jan era una ducha, de modo que Mamen le prestó una toalla y le esperó en el salón. Al cabo de unos minutos, apareció con el pelo revuelto y húmedo y la toalla anudada a la cintura, mostrando su torso firme, incluso se podía adivinar su miembro sobresaliendo levemente. Se ruborizó sólo con pensarlo.

Aunque pensaba que se iría a vestir, lo cierto es que el sueco se sentó en el sofá y comenzó a beber de la cerveza que Mamen le había ofrecido minutos antes. Tuvieron una charla muy animada y ésta comprobó que, efectivamente, no respondía al estereotipo de sueco, sino todo lo contrario. Muy dicharachero, le contó muchas cosas sobre sus viajes, la gente que había conocido, lo que esperaba de la vida y, por qué no, del sexo. Y es que, apenas les bastaron un par de horas para sentir que podían hablar de cualquier tema abiertamente y sin pudor.

En un momento, Jan le preguntó si tenía algo de fruta; ella echó un vistazo al frigorífico y encontró unas fresas y, ¡oh!, un bote de nata. Así podrían darse un sano festín. Las cortó, dispuso de forma atractiva y las puso en la mesa.Él cogió una fresa con un poco de nata y, en lugar de llevársela a la boca, la condujo hacia la de Mamen, quien, aunque sorprendida, la cogió con sus labios de los dedos de él. No sabía si eso era una declaración de guerra o simplemente un gesto de agradecimiento, así que decidió hacer ella lo mismo pero, en esta ocasión, el sueco chupó su dedo como si fuera la fruta más dulce.

Mamen se lanzó a su boca, que aún sabía a fresas. Se besaron apasionalmente y esta aprovechó para acariciar la espalda desnuda de Jan, sus hombros y su pecho definido. Tenía los pezones muy duros y los pellizcó, provocando en él una prominente erección. Ya la toalla no era capaz de disimular ese miembro que se alzaba al frente.

Desabrochó su sujetador mientras Mamen besaba su cuello, que todavía conservaba el aroma a gel de ducha. Al quedar sus senos descubiertos, Jan los sujetó con ambas manos, los masajeó y lamió. Pero tuvo una idea mejor. Untó con nata cada pezón y empezó a succionar delicadamente, mientras Mamen ardía de excitación.

Se quedó en braguitas y, por fin, Jan tiró la toalla al suelo, exhibiendo un pene fino y alargado. Lo agarró y frotó de arriba a abajo mientras lamía la punta, que ya empezaba a estar muy mojada. De repente, notó cómo un líquido amargo emergía en su boca. Le gustaba jugar con los chicos a pasarles a sus bocas su propio semen, hecho que todos rehuían, excepto este. Al asombroso sueco, no sólo no le disgustaba ese sabor, sino que parecía disfrutar de ese intercambio oral de fluidos.

Entonces, él la tumbó y la abrió de piernas, embadurnó su vulva con nata y le susurró, divertido y mirándole fijamente a los ojos: «No sólo me gusta cocinar, sino comer bien». Y, acto seguido, se sumergió en su vagina. Lamió con mimo cada milímetro de su sexo. Su clítoris estaba cada vez más hinchado y aún quedaban restos de nata. Los comió impaciente y enseguida notó las convulsiones que llenaron de placer a Mamen.

Esta erótica situación hizo que se empalmase nuevamente y la penetró, estando ella todavía echada y abierta. Entraba y salía de ella poderoso, mientras esta se afianzaba a su espalda y mordía su cuello. Sabía que de aquella este no saldría sin marcas. Al fin y al cabo, a Mamen también le había entrado hambre.

Andrea B.C.

Uso de Cookies - Pasionis.es utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. Si quieres saber más sobre las cookies haz click aquí

ACEPTAR
Aviso de cookies