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Relato erótico: Excitante manifestación
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Relato erótico: Excitante manifestación

En este relato erótico, dos chicas se encuentras en una agitada manifestación en pleno centro de Madrid. Con la adrenalina y la libido por las nubes, pronto cambiarán las consignas por las caricias en otra excitante historia lésbica de Andrea B.C.

Flechazo en la manifestación

‘¡Dimisión, dimisión!’ era lo más escuchado durante este fin de semana por las calles de Madrid. Aunque las voces provenían de miles de personas a lo largo y ancho del centro de la capital, una se le quedó grabada a Mariam. Esas ocho letras resonaban en sus oídos con un matiz contundente y a la vez suave. Era una voz que le había llamado la atención durante la última media hora y le había hecho girarse varias veces para ver de dónde provenía, pero no le pudo poner cara.

Enseguida, esa ola de indignados se puso en marcha y continuó coreando sus reivindicaciones. Mariam había ido sola porque sentía que debía hacerlo. Ya dejaría la tarde de sofá y caja tonta para otro rato. Y de nuevo aquella voz que le erizaba la piel con su intensidad y que percibía cada vez más cerca. Para ser más exactos, justo detrás. Se volvió y vio a una chica más o menos de su misma edad, con una expresión en la cara que nada tenía que ver con sus facciones dulces. Tenía el pelo recogido en una trenza despeinada. Los ojos de Mariam se cruzaron con los de ella, quien le regaló una sonrisa. Le gustaba su espíritu implicado y, ya que parecía que ella también iba sin acompañantes, empezó a urdir una estrategia para acercarse a ella.

No obstante, no fue necesario. En un abrir y cerrar los ojos, aquella marcha pacífica se tornó en una batalla campal y pudo ver cómo algunos manifestantes se enzarzaban con los agentes. Obviamente, no deseaba formar parte de ello. Alguien le cogió la mano por detrás y decidió seguirla. Era ella, quien, sin soltarla, echó a correr.

– En serio, muchas gracias. ¿Cómo te llamas?- le preguntó Mariam, casi sin aliento por la carrera.

– Lucía. ¿Estás bien? La cosa se estaba poniendo un poco fea y pensé que necesitabas mi ayuda – le contestó segundos antes de pararse.

– Oh, yo soy Mariam. Encantada.

Por fin habían dejado atrás el tumulto y se encontraban en una esquina semioscura, sólo alumbrada por la tenue luz de una farola. Los nervios de la huida les habían dejado un tanto exhaustas, así que decidieron sentarse en un escalón. De nuevo, cruzaron miradas y sonrieron, pero no dijeron nada. Habían vociferado tantas consignas y gritado tantos lemas que ya preferían usar sus lenguas para otros menesteres. Y se enzarzaron ellas también, pero esta vez lejos de temas políticos.

Mariam enredó su dedo en los mechones sueltos de esa trenza que le había enloquecido desde el minuto uno y deslizó su lengua por los labios de Lucía, que la esperaba con la boca entreabierta. Apartó el fular que cubría su cuello para recorrerlo a besos mientras Lucía se estremecía por cada roce en su piel. Era una noche fría pero entraron en calor enseguida.

Aún en el escalón, Lucía se abalanzó sobre Mariam para comérsela. Al echarse para atrás, descubrieron que la puerta del portal estaba abierta y decidieron entrar para estar en un ambiente un poco más íntimo. Entraron a tientas porque no había rastro de luz, pero esa oscuridad las encendió aún más y se apretujaron en el hueco de la escalera. Como pudo, Mariam buscó los pechos de su compañera, le subió el jersey y se encontró con dos pezones sabrosos y grandes que chupó con ansiedad. «Muérdemelos», le instó Lucía. Obediente, los degustó con sus dientes, mientras sentía cómo esta se retorcía de placer y se ponía la mano en la boca para no gritar demasiado.

Al tiempo que Mariam revoloteaba entre esos ardientes senos, Lucía, todavía fuera de sí, buscó la entrepierna de la primera y empezó a juguetear con sus muslos por encima de los leggins. Casi podía notar lo mojada que estaba Mariam ya. Con movimientos circulares consiguió excitarla hasta que sus gemidos casi podían ser escuchados en la primera planta. Introdujo su mano por sus braguitas y se encontró con un clítoris a punto de caramelo. Se chupó uno de sus dedos y lo metió con sumo cuidado en la vagina de una Mariam que apenas podía controlarse.

Lucía se bajó la cremallera del pantalón y cogió la mano de su todavía jadeante amiga para que la masturbase. «Házmelo fuerte, ¿vale?». Parecía tan guerrera en el sexo como la había visto en la manifestación. Hizo de sus deseos órdenes y acarició su vulva enérgicamente hasta que la hizo llegar al clímax. Orgasmos que, por unos momentos, lograron que olvidaran el cómo y por qué se encontraban allí.

Andrea B.C.

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