¡Lo último!

Relato erótico: “Un encuentro a semioscuras”

Me había acostado con Gabo por primera vez hace solo tres días y ya estaba deseando volver a verlo. Es cierto que apenas lo conocía y que, incluso, tuve mis dudas sobre si irme a la cama con él, pero me había dado cuenta de que me ponía muy cachonda. Mucho. Los WhatsApps que nos habíamos cruzado en esos días habían dejado al descubierto la atracción sexual mutua que sentíamos.

Aquella tarde de sábado me tenía en ascuas. Me decía que más tarde me escribiría cuando supiese a ciencia cierta que sus compañeros de piso habían salido y planeaban llegar tarde a casa. Sonó mi móvil. Era él: “Quiero verte ya. Coge un taxi hasta casa, ¿vale?”.

Ya estaba duchada, así que solo tardé 10 minutos en arreglarme y salir hacia la calle. En 30 minutos estaba llamando al timbre de su casa. Me dio un beso tibio en la mejilla y me hizo pasar a su habitación, apenas alumbrada por una pequeña lámpara. En la mesilla de noche había una botella de vino blanco y dos copas, un bol con queso y otro con frutos secos.

Me quité las zapatillas y le esperé sentada en su cama, con las piernas cruzadas. Él se sentó frente a mí, apoyado en el cabecero. Brindamos y picoteamos con lo que había preparado. Era muy excitante saber lo que estaba por ocurrir y que tuviésemos la capacidad de controlarnos.

La botella se agotó y, entonces, me quitó la copa de la mano. Se inclinó hacia mí y me dio un beso superapasionado y húmedo. Con eso solo ya me puso muy caliente. Le sostuve la cabeza y fundí mi lengua con la suya. Me tumbó con cariño en la cama mientras se deshacía de todas mis prendas de vestir. Se puso sobre mí y noté la presión de su erección sobre mi vientre. Se desnudó él también y volvió a clavármela.

Acaricié su miembro mientras este succionaba con ímpetu mi cuello, ocasionándome una marca muy cantosa de la que me percataría al día siguiente. Me agarró las tetas y las elevó a la altura de su boca hasta endurecerme los pezones al máximo.

Se tumbó a mi lado y continuamos con nuestros cuerpos entrelazados, magreándonos hasta que no quedó ningún centímetro de nuestros cuerpos sin explorar. Me coloqué entre sus piernas y me sujeté el pelo mientras acercaba mi boca a su polla erecta. Me la metí en la boca lentamente alzando la vista hasta encontrarme con su mirada excitada. La saboreé lentamente, abarcando su grosor con mis labios y apretando sus testículos levemente con mi mano libre. Mi lengua se deslizó despacio por toda su longitud y, por sus ojos, pude notar que estaba a punto de caramelo.

Volvió a echarme en la cama y se puso encima. Me embistió sin dejar de morderme los labios. Primero, lento y, posteriormente, más salvaje. Mientras me penetraba, sostenía algunos mechones de mi cabello para inmovilizar mi cabeza. Sentía cómo su polla se hundía en mí y cómo su respiración subía de volumen cada vez más. Sus fuertes jadeos en mi oído delataron que estaba llegando al clímax, mientras yo contraía deliberadamente mis músculos vaginales para alcanzarlo juntos.

Se sacó el preservativo lleno y lo tiró al suelo. Nos quedamos un rato abrazados bajo aquella luz tenue que le hacía tan sexy. No obstante, yo seguía queriendo más besos y más de todo. Y estaba dispuesta a reclamárselo.

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