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Relato erótico: ¿Una chica fácil?
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Relato erótico: ¿Una chica fácil?

La escritora Georgina Belart nos ha hecho llegar un fragmento de su libro, ‘El diario de Gina, ¿una chica fácil?’, para que lo compartamos. En este relato erótico nos pondremos en la piel de una apasionada mujer para de una sesión de sexo tántrico.

¿Una chica fácil?

Entré en la habitación y le busqué. Estaba desnudo, sentado en medio de la cama, y al verme volvió a sonreírme. Un olor aromático me hizo girar la vista. En la mesita una vela encendida y una varita de incienso humeante. Por aquel entonces a mí ese tipo de ambientación no solía agradarme pero la mezcla con la fragancia de la cera caliente resultaba acogedora y muy agra-dable. Sumida en esa sensación cerré por un momento los ojos y respiré profundamente. Una música calmosa completó el agasajo de mis percepciones. Estaba claro que Tántrico sabía pre-parar bien los ambientes.

– ¿Vienes? – sus palabras me reactivaron y le miré sorprendida.

– ¿Aquí? ¿Contigo?

– Y claro preciosa. ¿Te quitas el albornoz y te sientas enfrente de mí?

Su invitación me intrigó más por extraña que por ilógica, pero con ese hombre me sentía como en casa y le hice caso sin preguntar más. Él estaba sentado con las piernas cruzadas y al incorporarme, ya desnuda, a la cama, me ayudó con sus manos a situarme como deseaba, en su regazo, rodeándole el cuerpo con mis piernas pero sin que estuviéramos apretados, como guardando una distancia prudente. Entonces me cogió de las manos y me habló:

–  Cielo, lo primero que quiero decirte es que me pareces tan hermosa, tanto… Esa primera sensación que tuve al ver y leer tu perfil se confirmó y al conocerte hoy amplificaste de forma muy positiva mi percepción de ti. Eres preciosa pero mucho más allá de tu cuerpo, que es, mmmm, realmente sexi y sensual. Mucho más allá también de tu cara, jo, con esos ojitos curiosos tan ávidos de compartir, con esa nariz medio chatilla, esas mejillas… ¿Y tu boca? Uf, desde que te vi mis labios se enamoraron de ella y cuando puedan besarla un sueño de dicha brillará sin duda en su recuerdo.

No sabía qué responder. Era tan bello aquello que me acababa de regalar y, tonta de mí, sólo supe pronunciar un tímido…

– Gracias. De verdad. Tú también me atraes muchísimo.

– ¿Sabes? Te quiero pedir algo. ¿Confías en mí?

– Hombre. De entrada sí.

– No te preocupes, no te pediré nada raro, nada que te comprometa o someta. Únicamente quiero invitarte a un juego que estoy convencido, aun conociéndote poco, que te va a gustar.

Instintivamente me separé un poco de él y giré la mirada para arriba, como si me tuviera que pensar algo. Tántrico reaccionó de prisa y comenzó a contarme.

– Mira. Yo entiendo que casi no me conoces y mejor será que no te explique nada. Simplemente te pido que te dejes guiar, al principio, y luego tú vas decidiendo a cada momento si estás cómoda o no. ¿Sí?

– Vale pues.

Al instante de recibir mi respuesta Tántrico me cogió mi mano derecha y la llevó hasta su pecho izquierdo, apoyando mi palma allá dónde su corazón latía. Luego puso su palma en mi pecho y la desplazó hasta que encontró mis latidos, cerrando a continuación sus ojos. Yo hice lo mismo por puro mimetismo paro muy pronto descubrí la intencionalidad de esa particular ceremonia. Estuvimos un rato sintiéndonos y no me abrí a la luz hasta que escuché su voz de nuevo.

– Hemos estado conectándonos desde el corazón. ¿Te diste cuenta?

– Y claro. Y me sentí tan llena.

– ¿Sabías que cuando dos personas se abrazan fuerte sus corazones tienden a simbiotizar sus ritmos? ¿Me abrazas?

Nos abrazamos y mantuvimos unidos durante un largo tiempo más. Él puso su cara pegada a la mía y en mi oído sonaba su respiración como si me estuviera hablando. Sentía su cuerpo y extrañamente lo estaba incorporando en mi pensamiento como si mis sentidos lo estuvieran dibujando. Las pieles se sellaban poro a poro y no tardó mucho en nacer en mí el deseo. Le deseaba, sí, sin que aún no me hubiera ni besado tenía ya unas ganas locas de él y no pude resistirme. Busqué sus labios y le besé. Primero fue un largo y tierno beso. Mis labios se humedecían con los suyos en un vaivén lento pero intenso. Se encontraban en la humedad y con ella resbalaban de lado a lado y de arriba abajo. Ahora sorbía su labio inferior para luego morderle el superior con delicadeza. Volvía a besarle y volvía y volvía… Nada más me interesaba, nada más me preocupaba. Mis manos seguían pegadas a su espalda y mi cuerpo no precisaba ni quería otra cosa que asegurar el abrigo que hacía ya rato estaba despertando toda mi sensualidad. Él era un hombre de pelo en pecho y el más mínimo movimiento producía un roce en mis pechos y los notaba erguidos, solícitos, anhelantes. Me sentía rara, pero me sentía tan bien. Notaba el empuje de mis pezones, levantados como si quisieran reclamar su derecho a ser importantes. Mi vientre, las curvas de la cintura, las largas y sensibles rondas que unen la cabeza con los hombros, mi… Uy, me sentía tan húmeda ya, tan preparada, tan excitada… Los besos aceleraron su ímpetu a medida que la pasión me iba poseyendo y no pude evitar introducir mi lengua en su boca. No hubo reparos y muy pronto se produjo un baile interior que acompañaba el compás de nuestros labios con pinceladas sabias y para nada abstractas. Un vals, un tango, un rock… ¿Qué más da? La danza de dos lenguas amantes por saberse es algo tan difícil de explicar, ¿verdad?

De pronto me di cuenta de cuan excitada estaba y me frené. Una sensación aunada de vergüenza y espanto me sobrecogió y no pude más que apartarme.

– ¿Qué me está pasando? – pregunté inquieta.

Tántrico me sonrió y respondió a mi pregunta con otra.

– ¿Te parece demasiada cosecha para tan poca siembra?

– Sí. Snif. ¿Me perdonas? Debo parecerte una yo que sé…

– Mira que eres bobita. ¿Aún no lo captaste? Conectamos olores, enlazamos corazones, igualamos las respiraciones, sensibilizamos las pieles… ¿Te parece poco?

Suspiré hondo, aliviada. Él tenía razón, no era poco lo que había inundado mi deseo. Volví a acercar mi cara a la suya y le besé de nuevo. Tántrico respondió esta vez con un apasionado beso que me conectó de nuevo. Sus manos apretaron primero mi cara para después empezar, por primera vez, el camino de las caricias. Bajando por el cuello se dirigieron hacia los hombros y bajaron por los brazos hasta juntarse con mis manos. Apretaron fuerte y regresaron por el mismo camino, lentamente, suavemente, hasta mi cara. Luego sus labios partieron también y comenzaron a besarme por la cara mientras con las manos me acariciaba, me masajeaba los cabellos. Yo no quise ser menos y comencé a acariciarle también. Cruzaba su espalda cuando él encontró mis pechos. Primero los envolvió con mimo para luego recorrerlos con pausada sabiduría. Los besos volvían una y otra vez a mi boca y con cada reencuentro la pasión aumentaba y se plasmaba en su intensidad. Mientras, un jugueteo hábil y muy excitante en mis pezones con los dedos de una mano distraía el recorrido de la otra, la cual bajó por mi costado hasta el muslo para subir luego hasta el epicentro de mi excitación. Sus dedos buscaron mi hume-dad y la encontraron, claro, untándose del barniz de mi deseo para entrar y explorarme. Luego, ya pringosos, salieron y subieron para buscar y hallarme el clítoris. Mientras él se recreaba estimulando más y más mi deseo con una mano y acariciando todo mi cuerpo con la otra yo no anduve manca y con mis manos ansiosas de su piel fui descubriéndole, caricia a caricia, hasta que acabé también abrazando con una mano su pene. Estaba erecto, fuerte y en el tacto suave y resbaloso. Le masajeé mientras él seguía espoleando mi anhelo y entonces escuché un suave murmullo en mi oído:

– ¿Estás lista?

– Sí, por favor –respondí agitada.

Tántrico sacó de debajo de la almohada un preservativo, lo sacó del envoltorio y se lo puso. Luego ingresó en mí con suavidad, despacito, muy despacito, hasta tocar su fondo. Entonces comenzó a moverse pero a un ritmo muy lento. Mientras, sus manos continuaban viajando por mi cuerpo y lo hacían también pausadamente, rozando apenas mi piel. Volvió a besarme pero esta vez recuperando los inicios, con esa ternura inocente que en un enjuague de labios conforma lo que vendrá. Y vino, claro que vino. La excitación nos fue poseyendo a los dos más y más y todo se aceleró. Llevábamos ya mucho rato y yo, aunque no era habitual en mí, estaba muy cerca de alcanzar un orgasmo vaginal. Por su respiración y ritmo intuí que a él debía faltarle poco y le pregunté:

–  ¿Vas a llegar? A mí me falta poco. ¿Llegamos juntos?

Me quedé sin respuesta y muy sorprendida. Tántrico se salió entonces y, separándose, cerró los ojos y respiró muy profundamente. Luego se puso a mi lado y me invitó a estírame boca arriba. Entonces se arrodilló a mi lado y me besó en los labios. Fue ese otro beso único, como una isla paradisíaca donde nada más importa: mis labios eran la arena y los suyos llegaban como olas y me tomaban una y otra vez, potenciando una libido que estaba ya en su mayor auge. Luego su boca comenzó a recorrer mi cuerpo con besos y lamidas mientras una mano la acompañaba y la otra iniciaba su juego allá donde sabía me iba a encontrar seguro. Con dos dedos entró de nuevo en mi vagina y con suave tacto fue recorriendo sus paredes una y otra vez hasta que se detuvo en una zona concreta. Allí se recreó frotando en círculos y…, uf…

– ¿Qué me haces? Dios…

– Lo que sea te hace vibrar, lo noté. Calla y disfruta, ¿sí?

Nunca supe si Tántrico me mostró aquel día mi punto G o era tanta mi excitación que con cualquier cosa hubiera accionado el placer. Mi respiración se había acelerado y sonorizaba ya sin ningún complejo mi éxtasis. Él se mostraba tan excitado como yo y no paraba de besarme, acariciarme y avivar mi pasión mientras acompañaba mi sonoro embeleso animando mi llegada…

– Así, así, no te frenes, disfrútate, gózame, regálame tu orgasmo, por favor, por favor, lo deseo tanto…

Llegué al placer supremo como pocas veces había llegado, en la intensidad de la delicia y en su duración. Mientas estaba en ello él no abandonó su juego para nada, pero cuando notó que ya aflojaba me besó en los labios y me dijo:

– Gracias, gracias, gracias. Ha sido tan precioso…  Eres tan encantadora.

Luego se estiró boca abajo encima de mí y volvió a penetrarme con su pene. Entraba y salía a un ritmo muy lento mientras volvía a besar mis labios y a agradecerme con palabras sosegadas aquello que yo “le había dado”, para añadir palabras y más palabras sobre mis encantos. El amor es algo demasiado preciado como para mentir y asegurar que en aquellos momentos yo amaba a ese hombre, pero aun con el tiempo transcurrido no tengo ninguna duda en afirmar que amé su trato, su forma de hacerme el amor.

Tántrico me había pedido al comenzar que confiara en él y mis dudas iniciales se habían ya disipado del todo. Él llevaba la batuta y yo estaba disfrutando tan plenamente que me rendí a su maestría.

– ¿Y tú? Ahora te toca a ti – le dije.

– Noooo. No quiero llegar aún, estoy disfrutando demasiado como para querer parar.

¿Para qué iba a llevarle la contraría? Él sabía bien lo que hacía y hasta entonces todo había sido tan perfecto. Así que respondí como creía que mejor podía agradecerle: me dejé ir, me rendí a las vivencias y dejé que mis sentidos volvieran a contactar con mis emociones para encarar cada sensación como si nada hubiera ocurrido aun. No tengo conciencia del tiempo que pasó pero sí de que con ese nuevo coito renacieron nuestras pasiones hasta alcanzar de nuevo el tramo final. Él, claro, pero yo también y deseaba ya tanto regalarle su descarga…

– Ahora sí, por favor, lléname de ti.

Pero no, claro, y ya me había avisado… Tántrico volvió a suspender el acto para tomar su largo suspiro y encarar un nuevo mundo. Se quitó entonces el preservativo y me llevó de nuevo a otro terreno: el sexo oral. Y con el conocido 69 llegó mi segundo orgasmo, un éxtasis provocado por la estimulación de un clítoris que aquella noche pudo disfrutar de uno de los mayores festines de su vida.

Y así recomenzamos y recomenzamos. ¿O debería decir que simplemente seguimos? Tántrico cambió de preservativo dos veces antes de que diéramos por concluido nuestro apasionante juego. Cada vez que sentía que estaba a punto se retiraba de mí, respiraba profundamente varias veces e iniciábamos nuevos y apasionantes juegos eróticos que no incluían durante un tiempo el coito. Y tras uno y otro intermedio estuve sentada en él, abajo, arriba, delante… Me besó y acarició sin que me quedara un solo poro de mi piel insatisfecho. Mostró su gratitud, tantas veces, y no dejó de animarme diciéndome cosas bonitas. Qué lujo, ¿verdad? Aquella noche llegué a producir cuatro orgasmos, todos realmente excepcionales. Con el último llegó él. Llegué a suplicarle tanto que no tuvo remedio.

Habíamos vuelto a la posición inicial, él sentado y yo también, encima de él, abrazándole con mis piernas. Me notaba muy húmeda y abierta pero sentía perfectamente como su bobola me masajeaba por dentro mientras nuestros labios se consumían y nuestras lenguas parecían motos de agua encontrándose una y otra vez en una carrera hacia el éxtasis. Tántrico me tenía agarrada por las nalgas fuertemente e iba marcando unos ritmos coitales vez a vez más resueltos. Yo estaba aferrada con mis manos a sus cabellos como si no quisiera que se separara. Los clímax de pasión y deseo rondaban ya el cielo y los suspiros clamaban ya con tonos altos unos placeres que se dirigían sin duda al unísono hacia la excelsa vivencia de un orgasmo compartido.

– No me dejes ahora – le supliqué – Llega conmigo, vida, por favor, te lo suplico…

No sé si con mi ruego frené su retirada. Luego supe que en una relación tántrica no es obligado que el hombre acabe eyaculando. Pero fuera como fuera aquella vez mi compañero satisfizo mis demandas y sí, alcanzamos juntos un orgasmo que fue para mí y en él apoteósico. Pocas veces, de verdad, he visto a un hombre alcanzar un orgasmo tan largo. ¿Y yo? ¿Qué os voy a contar? Aquella fue para mí una experiencia realmente multiorgásmica y las mujeres sabemos que la multiplicación no resta para nada los potenciales del placer.

Terminamos echados de costado y abrazados, callados, mirándonos a los ojos como si quisiéramos gravarnos para siempre en la retina. Muy poca gente valora ese momento como se merece. El abrazo que sella lo vivido, la mirada que te retorna, como espejo, el beso que embelesa lo pasado, la caricia que sólo busca ya un recuerdo… Uf, cuántos hombres me abandonaron al minuto para ir a ducharse, a fumar… Ellos se lo perdieron. Con Tántrico no me pasó y pudimos disfrutar plenamente, durante mucho rato, de esa simbiosis de almas posterior a la unión de los cuerpos tan especial. Finalmente fue él quien rompió el silencio:

– Sólo nos faltaba eso: adherirnos en la mirada.

– Que hermoso ha sido todo. – Respondí- Eres un hombre, una persona, excepcional.

– Y tú una muy bella mujer en todos los sentidos.

– Nunca viví nada parecido. ¿Era un juego? ¿Una técnica? ¿Una tendencia?

– Lo llaman sexo tántrico y es una forma de hacer el amor que procede parece ser de la India. El clímax, el conseguir unificar las respiraciones, la relevancia de los besos y las caricias, el contener una y otra vez la eyaculación. ¿Sabes? Si finalmente no hubiera llegado para mí no hubiera significado ningún problema. Dicen, incluso, que es mejor a veces no llegar al orgasmo. Es tanta la energía que desprendes en ello y, si no la des-cargas, queda guardada en ti.

No pude evitar besarle de nuevo.

– Gracias, gracias y mil gracias – ahora me tocaba a mí – Te aseguro que nunca olvidaré esta noche contigo. Me hiciste sentir tan viva, tan sensual, tan mujer, tan…

– ¿Sabes? Ambos disfrutamos de una vivencia preciosa. Fuimos capaces de liberarnos de toda razón para sentirnos y, ¿te das cuenta de cuan impresionante puede llegar a ser el imperio de los sentidos?

El imperio de los sentidos… Durante casi cuatro horas mi cuerpo fue dueño y señor de la vivencia y pude entender con ello aquella invitación tan curiosa que me llevó a subir a casa de Tántrico:

– ¿Te apetece venir a descansar en mi casa?

Y sí, descansamos, pues no hay acto más descansado en esta vida que aquel que nos lleva a la felicidad. Y sabe Dios que me sentía tan llena, tan feliz.

Georgina Belart

  • juankai

    Él en su vacuidad, deja que fluya el sentir total. La palabra que engalana la acción. La sutileza de su tacto lo integra con la percepción. Todo SENTIDOS para viajar en la dimensión de la pasión

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