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Relato erótico, ¡dulcemente dura!
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Relato erótico, ¡dulcemente dura!

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Cuando vi a Felipe por primera vez no me pareció especialmente guapo. Quizás demasiado larguirucho para mi gusto. Eso sí, cuando tuve la oportunidad de mantener una conversación con él cara a cara, me percaté de su sonrisa y sus ojos de un azul intenso. Fue cuando me sedujo ese rostro de niño malo.
Sus 24 añitos hacían que no me lo tomara muy en serio (yo, por aquel entonces, tenía 32). Lo veía a años luz de mí, siempre con un porro en la mano y con ese discurso espiritual, de energías, del universo y cosas así. Me parecía adorable cuando me hablaba de esas cosas, pero, no sé cómo, la ternura que me inspiraba empezó a convertirse en atracción.
Me encantaba insinuarme y que él me siguiese el juego y viceversa. En sus ojos podía ver ese fuego que corría por su cuerpo y con el que pretendía quemarme. Por supuesto, yo estaba más que dispuesta.
Unos días después terminamos en su cama. Estábamos tumbados, todavía vestidos, yo boca abajo y él boca arriba, hablando y riéndonos. Nuestros cuerpos estaban muy próximos y nuestros labios aún más. Disfrutaba con ese juego: tan cerca, devorándonos con la mirada, pero esperando a que el otro hiciera algo.
Cerré los ojos y sentí su nariz frotándose con la mía. Los abrí y seguimos un rato así, sin dejar de mirarnos a los ojos. Ya no aguantaba más y me enganché a sus labios. Él me respondió con un beso dulce, pausado, muy húmedo, en el que nuestras lenguas se saborearon por completo y lentamente.
Nuestros cuerpos se pegaron todo lo posible y él me acarició los pechos, primero por encima de la camiseta y, después, me la apartó. Los tocó como si fueran un tesoro, con suma delicadeza. Atrapó mis pezones con sus labios y estuvo unos segundos recreándose en ellos. Yo aproveché para palpar su miembro. No podía imaginar la enorme sorpresa que se escondía bajo sus pantalones. Por alguna extraña razón me imaginé una talla estándar y aquello superó ampliamente mis expectativas.
Nos quedamos desnudos y se colocó encima de mí, restregándome su verga por mi coño mientras nos besábamos. Seguía igual de dulce, a pesar de que estaba muy empalmado. Entonces, empezó a descender por mi cuerpo, llenándolo de besos tiernos, hasta llegar a mi sexo. Se situó entre mis piernas y comenzó a chupar. Me miraba a ratos cuando conseguía liberarse de mis manos, que sujetaban su cabeza con vehemencia. Me derretían esos ojos azules observándome con su barbilla pringada de mis fluidos.
Lo atraje hacia mí para besar esa boquita traviesa y quise devolverle el favor. Agarré su pene erecto y lo llevé a mi boca. Me costaba abarcarlo con mis labios. Él me detuvo poco después haciéndome saber que, de continuar, se correría en mi boca. Estaba tan cachondo que se fue a poner el condón y ese leve roce provocó que eyaculara. Me miró un poco avergonzado y se tumbó a mi lado.No obstante, pronto estaba listo otra vez, con otra tremenda erección entera para mí. Se sentó en la cama con las piernas ligeramente abiertas y yo coloqué las mías a ambos lados de su cuerpo, también sentada. Me penetró despacio y con un poco de dolor. Enseguida empecé a moverme, tratando de amoldarme a ese enorme grosor y longitud en mi interior. La sentía muy dura dentro y profunda. Estábamos excitadísimos, moviéndonos al unísono, cada vez más ágiles. Me ponía mucho ver cómo entraba en mí su polla, tan tiesa, hasta el fondo.

Felipe convulsionó de nuevo, con los ojos casi fuera de sus órbitas. Nos echamos en la cama, abrazados, hasta que el sueño se apoderó de nosotros.

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