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Relato erótico: Aprendiendo del maestro
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Relato erótico: Aprendiendo del maestro

Una lectora anónima nos envía este relato erótico para compartirlo con todos vosotros. Una joven inocente y casi inexperta en el sexo conoce a un artista más mayor, capaz de hacerle sentir orgasmos increíbles y enseñarle los secretos del placer.

Aprendiendo del maestro

A mis veinte años, había degustado los placeres del sexo en escasas ocasiones, juntó a mi novio, un joven universitario de buena familia y con una crianza muy tradicional. Criada yo también en el seno de una familia muy religiosa, el sexo era para mí un mal necesario.

Cayó un día en mis manos un pequeño libro, que abrió mi mente a nuevos deseos: un poemario de un género hasta entonces para mí desconocido que hablaba del sexo sin misterios, pero en forma excitante y perturbadora.

Pocos meses después de leerlo, caminaba por las calles de la capital, después de una mañana de trabajo. Me iniciaba como profesora de matemáticas en pequeño instituto. Necesitaba enviar un correo electrónico, por lo que me era indispensable pasar a un cibercafé. Subí las gradas de un edificio y, al pasar frente a un estudio fotográfico, lo vi: era el escritor del libro prohibido, el que hablaba «descaradamente» de erecciones, humedades y orgasmos. Su mirada me atrajo con la fuerza de un imán… Su sonrisa fue para mí como un amanecer en medio de la noche más oscura. Era como sí nos hubiésemos conocido desde siempre. En cuestión de segundos estaba sentada el sofá del estudio, compartiendo una charla sobre literatura con este escritor-fotógrafo, veinticinco años mayor que yo. No había nervios, pero ambos transpirábamos lujuria.

Era alto, con una melena inmejorable, una barba varonil muy bien cuidada y labios carnosos, definidos, casi infantiles. Sus ojos, profundos, eran obscuros pero chispeantes de pasión y deseo. Sus brazos, velludos y fuertes. Un dios griego acercándose a una simple veinteañera mortal.

Nos despedimos entre sonrisas y frases sin sentido. La literatura flotaba en el ambiente. Me hizo prometerle que regresaría con algunos de mis libros favoritos y el me esperaría con algunos de los suyos… ¡Un intercambio justo!

Dos días después, subía esas gradas con mis libros, mi mejor juego de ropa interior y dispuesta a lo que el destino tuviese para mí… Su sonrisa me hizo saber que me estaba esperando. Con naturalidad se levantó y cerró el local, para evitar interrupciones. Todo mi ser palpitó es ese instante. Ojeamos los libros, nuestras manos se rozaron… Y, de repente, un beso. Un beso ahogante, fuerte, apasionado. Nuestras lenguas entrelazadas, sus dientes mordiendo mis labios, un beso como ninguno que antes hubiese recibido. Me llevó en sus brazos sin dejar de besarme hasta la sala de fotografía. Allí, lentamente, me arrancó la ropa, con manos expertas y deseosas de sentir mi piel juvenil.

Sus labios recorrieron mi cuello, bajando lentamente a mis pezones, que se levantaban excitados. Y allí, su dentadura perfecta hizo una fiesta entre el dolor y el placer… Sus manos sabias apretaron mis carnes y, sin siquiera acercarse a mi sexo, me provocaron orgasmos y sensaciones jamás vividas.

Se despojó de la poca ropa que le quedaba y ¡Oh, maravilla! Su miembro era un portento digno de admiración. Sin ningún reparo, separó mis piernas y después de besar mi clítoris, lo introdujo en mí con una fuerza arrolladora, una y otra vez, hasta hacerme gritar de placer.

Aquella amalgama entre juventud y experiencia, entre mis pocas y sus muchas vivencias explotó en la humedad de mis múltiples orgasmos, sobre un fondo para fotografías que semejaba un cielo de verano. ¡Era un acople perfecto!

No había amor, sólo química, deseos y pasión. Ese fue nuestro convenio.

Le visité en repetidas ocasiones con un único fin: el deleite de nuestros cuerpos, la fiesta de orgasmos que iniciaba con una simple mirada.

Han pasado quince años desde aquellos encuentros. La vida nos ha separado y nos ha vuelto a unir en repetidas ocasiones. Él es el nombre que temo pronunciar en mis sueños, pero es el maestro a quien deberé siempre mi placer. Su paso por mi vida marcó mi alma de erotismo y libertad. Quizá nuestro convenio de no amarnos no fue tan real, o quizá fui yo la única que no cumplió su parte.

Anónima

  • Wendy

    Yo también disfruto de los hombres mayores…

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