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El morbo del riesgo
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El morbo del riesgo

Es curioso cómo una mínima acción es capaz de decidir si pasarás la noche sola o no. Tras unas semanas de viaje por el sur de Europa, aquella mañana decidí levantarme un poco más temprano que normalmente. Mis siete compañeros de habitación aún dormían.

Cuando me puse a desayunar, el hostal ya comenzaba a mostrar movimiento. Unos minutos después, ya estaba saliendo por la puerta.

Quiso el destino que en ese momento me escribiera un Whatsapp una amiga. Enseguida me di cuenta de que no tenía conexión wifi en la calle, así que tuve que volver a subir. Cuando terminé de contestarle, levanté la vista y observé que un chico se acercaba a mí y comenzaba a hacerme las típicas preguntas para romper el hielo.

Hubo cierto feeling, así que decidimos salir a conocer la ciudad juntos. Al fin y al cabo era mucho mejor hacerlo en compañía.

Paseamos, hablamos y, sin darnos cuenta, nos cayó la noche. Nos habían hablado de un pub con mucho ambiente, probablemente el único abierto aquel miércoles. Antes, paramos en una taberna para tomarnos unas cervezas; a las que siguieron unos chupitos.

Después de todo el día juntos, ya nos tratábamos como colegas. No imaginaba yo que la cosa se desmadraría hasta límites insospechados. Llegamos a aquel club con intención de vivir la noche intensamente. Bailábamos cerca el uno del otro, pero sin rozarnos. Luego, me agarraría de la cintura; después, su entrepierna tocaría la mía.

Nos miramos sonriendo, sintiendo la música y cómo el calor se apoderaba de nosotros. Podía notar su miembro duro y eso que aún no nos habíamos besado. Cuando lo hicimos, la excitación era más que evidente por ambas partes.

Acaricié su polla en toda su longitud, haciendo presión y mirándole lascivamente, en un rincón de la pista. Él contraatacaba introduciendo su mano por mis pantalones y jugando con mis labios vaginales, que se entreabrían húmedos.

Los dos queríamos más, pero ahí no lo íbamos a encontrar. Supercalientes salimos a la calle sin parar de besarnos. Estábamos de suerte, ya que a unos metros más allá había un callejón y, en medio, una casa que parecía abandonada.

Nos metimos sin pensarlo. Tiré mi bolso al suelo y súbitamente él me levantó la camiseta. Me apoyé en la pared mientras su boca ansiosa se entretenía con mis pechos. Succionó mis pezones y fue bajando hasta mi ombligo. De un tirón, me bajó los pantalones y yo arqueé todo lo que pude las piernas. Podía adivinar algunas luces de coches que circulaban no lejos de aquella casa mientras él se ponía de rodillas y se sumergía en mi sexo.

Se volvió a poner frente a mí y también se bajó los pantalones. Agarré su pene erecto y lo masturbé. Él, entonces, devoró mis labios. Me agaché ligeramente y coloqué su miembro entre mis senos, frotándolo contra ellos. Su glande estaba tan mojado que se deslizaba perfectamente entre mis pechos.

Me puse de cara a la pared, con él enganchado a mi cuello y rozando sensualmente su verga contra mi trasero. Me incliné para facilitar la penetración y, entonces, la sentí dentro. Empezó a follarme con energía, con vicio. Yo gemía de placer mientras trataba de sujetarme a esa pared enladrillada. El morbo de la situación y sus poderosas embestidas fueron más que suficientes para explotar en un orgasmo. Él tampoco pudo aguantar mucho más.

Nos colocamos la ropa y nos dirigimos hacia el hostal. Al día siguiente cada uno tomaría rumbos diferentes, pero esa ciudad siempre quedaría grabada en nuestra memoria.

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