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La literatura erótica de Anna Genovés
¡Lo último!

La literatura erótica de Anna Genovés

Anna Genovés es una escritora especializada en novelas policíacas y eróticas, en las que mezcla el misterio del thriller y la adrenalina del sexo. Anterior colaboradora de Pasionis, ahora presenta su nuevo libro, ‘La caja pública’.

Anna Genovés es una escritora especializada en novelas policíacas y eróticas, en las que mezcla el misterio del thriller y la adrenalina del sexo. Anterior colaboradora de Pasionis, ahora presenta su nuevo libro, ‘La caja pública’.

Si os gustaban los relatos eróticos de Anna Genovés ahora podéis volver a disfrutarlos junto a otras historias de crímenes y placer en ‘La caja pública’. Ya podéis conseguir su último trabajo publicado en papel o versión digital. Hablamos con la escritora sobre literatura erótica y nos regala un relato de su nuevo libro.

Entrevista a Anna Genovés, autora de ‘La caja pública’

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¿Cómo se pasa de especializarse en Historia a escribir relatos eróticos?

Digamos que comencé a escribir en la infancia. A lo largo de mi vida, sucedió un proceso similar al de las nueces que muestran su fruto cuando rompemos la cascara. En un momento determinado, mi cerebro exteriorizó parte de los pensamientos ocultos.

Muchos de tus relatos tienen un punto de novela negra. ¿El sexo y el misterio se potencian?

No soy una escritora exclusivamente erótica. Me siento plena cuando escribo thrillers. Del mismo modo, en casi todas mis creaciones existe una carga erótica potente. Algo innato en mi persona. De la fusión del misterio con el sexo, surge el thriller erótico. Los preámbulos siempre han sido excitantes. A la mayoría de personas nos agradan los hommes o femmes fatales. Ellos son antirománticos. Por el contrario, se rodean de una aureola enigmática que los diviniza y los convierte en deseables: it’s girls o it’s boys. Poseedores de la atracción absoluta.

¿No sientes que expones parte de tus fantasías al escribir literatura erótica?

Soy una hacedora. Eso no significa que me apetezca experimentar lo que escribo. En realidad, me da lo mismo hablar de un coito que de una monja de clausura. Es más, tú dame los protagonistas, que yo los conjugo. ¿Qué quieres, sexo? Lo tendrás. ¿Qué quieres, asesinatos? Ídem.

¿Qué opinas del fenómeno de Cincuenta Sombras de Grey?

Es un claro exponente de los cambios que está experimentando la sociedad actual. Por lo general, las mujeres nacidas antes de los 70 hemos recibido una educación que demonizaba el sexo. Sin embargo, entre hombres ha sido, y es, algo normal.

La obra de E.L. James pone de manifiesto, que a nosotras también nos agrada el erotismo. Indicamos cómo deseamos ser tratadas, qué nos gusta… No somos muñecas, ¿o me equivoco?

En mis tiempos, el sexo era obsceno y pecaminoso. A Flaubert se le tachaba de libertino y a Victoria Holt de una especie de calientabraguetas con pedigrí.

¿Por qué crees que muchas mujeres prefieren los relatos eróticos a los vídeos?

Porque en los relatos, una adapta lo que le cuentan a sus pensamientos. Es decir; contextualizas personajes, lugares y situaciones… En un film para adultos, sueles centrarte en las imágenes. Acotando la imaginación. Por otro lado, a aquellas mujeres que les agrada el porno suelen tacharlas de “guarrillas”. Y a los hombres, de machotes. Debemos rechazar estos tabús tan primitivos.

Como dijo Aldous Huxley: “Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico”.

Muchas gracias a todo el equipo de Pasionis, ha sido un verdadero placer estar con vosotras.

 

El conductor

 Relato erótico incluido en el libro La caja pública | relatos

1 delante redes

 

 Vehículos y carreteras

cafés y ruedas

el mundo es un pañuelo

buscas lo que encuentras

 

Magdalena está preparada para ir a pasar unos días con su madre. Hace unos meses que se ha quedado sin trabajo y tiene la moral por los suelos. A la postre, ha descubierto que su esposo se la pega con otras… Lleva años sospechándolo. Hogaño, con tiempo libre, se ha cerciorado. No es la primera vez que descubre manchas de carmín en su ropa. Cuando le preguntaba, Jesús, siempre le contestaba lo mismo: “cariño he ido a ver nuestra pequeña —una veinteañera emancipada—, ya sabes que es muy besucona…”. Con las horas de asueto hace sus cábalas. En la perfumería, le dicen el color exacto del labial. Marcha a casa de su hija y, ¡zas! La niña nunca ha utilizado el tono “rojo coral” de Astor. Siempre ha pensado que los humanos, como el resto de mamíferos, son polígamos. Sin embargo, las mujeres —por lo general— llevan la cornamenta. Piensa que las de su género, saben aguantar el temporal y los sudores de la entrepierna. Los machos, no. Con este panorama, sólo le falta descubrir si tiene una pilinguis o se va de putas. Está a punto de contratar a un detective. En el último instante, se arrepiente.

—Mira, lo he decidido. Desde que el médico me dio botica, estoy feliz y a gusto con mis protuberancias (se toca la cabeza para ver si las astas son demasiado exageradas. Le entra la risa). Qué Jesús haga lo que le dé la gana. Una, se va con mamá —le cuenta a su amiga Dolores por teléfono.

—¡Muy buena idea, querida amiga! Ve a pasar unos días con tu mami; te sentarán bien —insinúa Dolores a través del auricular.

—No Dolores. No me voy para unos días; me voy para unos meses… Volveré cuando haga calor.

—Y me dejas sola. ¡Qué mala eres!

—¡Estoy harta de mi marido! Qué se quede de Rodríguez todo el invierno. Ya se acordará de mí cuando haga frío… —sentencia Magdalena.

Camino de Almagro —donde vive su progenitora—, Magdalena canturrea. Está escuchando a Camarón. Se engancha en una estrofa y le sale la risa floja; su acompañante perpetua desde que toma Prozac. Seguido, necesita orinar. ¡Mierda, qué me meo! Hasta dentro de cincuenta kilómetros no hay un área de servicio. ¿Qué hago? Tengo que parar por narices —parlotea consigo misma con es gracejo inmenso de las castellano manchegas; todas ellas Dulcineas del Toboso—. Minutos más tarde, aparca en el arcén y se pone en cuclillas entre unos matojos. El potorro al aire y el rostro extasiado cuando sale el chorro. La mismísima Santa Teresa en uno de sus trances. ¡Piii!!! ¡Piii!!! Un ensordecedor claxon, hace que mire hacia la carretera. Justo, pasa un tráiler. Desde la ventana, el copiloto le vocea:

—¡Quién fuera hierba para acariciar tus bajos! ¡Wapa!

—¡Ay Dios! ¡Ay Dios! —repite (persignándose en la frente, en la boca y en el pecho) con el culo al aire y subiéndose los pantalones como puede.

El camión se esfuma en el horizonte. Magdalena vuelve a su Ford, roja como una fresa madura.

—¡La madre que lo parió! —sermonea—. Si llega unos segundos antes, me corta la meada.

Al decir estas palabras, se percata de algo inusual: está húmeda. La lívido por los aires…

—¡Madre mía! Me he puesto como una moto. Si me ve la ginecóloga me dice que de óvulos lubricantes, nada. Jejejeee… ¡Estoy hecha una jabata! —se alaba.

Emprende la marcha, más feliz que unas castañuelas. Enciende el DVD y cambia de artista. Toca algo más sexy; unos R&B de su hija. La música hace que la carretera se le antoje diferente. Se apea en el Área de servicio para llenar el depósito. Baja, carga el tanque con gasolina sin plomo y vuelve a subir. Cuando pasa por la zona de vehículos pesados, ve el camión del mulato que le ha piropeado.

—Paro y veo como está de cerca. Pero, ¿dónde vas Alfonso XII? Si tienes más años que Matusalén —se dice a sí misma, mientras repasa sus labios en el retrovisor.

No puede evitarlo. Para el motor del vehículo y va la cafetería. Está vacía. Entra con su melena negra, cantoneándose. Sara Montiel en plena madurez. En la barra, el oscurito con otro bizcochito, de la edad de su vástiga.

—¡Joder! Si los dos están de rechupete. Unos ciervos para mojar —murmura por lo bajini.

Se acerca a la barra y le dice a la camarera:

—Ponme lo que estén tomando los chicos. Pago la ronda.

Media hora después, entra en una habitación del Motel con el cuarterón de uno noventa. Se siente como la Bassinger en Una mujer difícil o quizás la Dunaway En los brazos de la mujer madura. Recapacitado el asunto, resuelve que si los hombres se lo pueden montar con jovencitas; las mujeres se pueden calzar a polluelos. En la suite sin estrellas, se desviste a lo leona. Poniéndose a cuatro patas sobre la cama. ¡Gr…!!! Gruñe con sus zarpas de gel. El camionero, se quita la ropa despacio… Cuando termina, la exuberante felina, es un gatita que quiere huir.

—¡Qué pasa! ¿No te gusto? —le pregunta el joven; ciclado como una tableta de chocolate puro.

—No hijo, no. ¿Cómo no me vas a gustar? Eres una estatua de ébano.

—¿Qué? ¿Qué?

—Nada, nada… Que estás muy bien dotado. Demasiado. No estaba preparada para esto.

El chico no le hace caso, la tumba; le abre las piernas con sus musculados brazos. Ronronea por su pubis y le desabrocha el body de encaje negro, que tanto estiliza su figura, con la boca. Juguetea con todo lo que atisba su lengua, larga y dúctil. María tiene un orgasmo. Tal cual, se la carga el torso, la apoya contra la pared y la penetra hasta la garganta. Ella gime de placer. Chilla como una endemoniada. Un segundo orgasmo hace que su cuerpo experimente una ola de sacudidas perpetuas. En uno de los brutales movimientos, se percata que el conductor —rubio y con ojos almendrados— está sentado. Desnudo, masturbándose.

—Oye, que tu compañero ha entrado —le suelta al negraco.

—Tranquila —contesta el Apolo tostado que la mantiene en el Nirvana.

Su fantasía la lleva a otro film del que no recuerda el nombre. Sólo  sabe que la chica se convierte en un sándwich. Uno por delante y otro por detrás. Se relame, pensándolo… El rubiales se acerca. Magdalena está convencida, que en breve, se convertirá en un bocadillo. De repente, alucina. El nibelungo arremete al mandinga. Forman un trenecito. La pared, ella, el mestizo y el caucásico. El affaire de Magdalena es un regalo del cielo. Pese a tener familia y amigos, muchos. Quizás, demasiados. Es la imagen perfecta de la soledad.

Copyright © 2014 Anna Genovés

 

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